Una reflexión sobre el rol de las escuelas

Las escuelas o facultades son estructuras organizativas que suelen aparecer en los estatutos de casi todas las universidades, aunque la nueva LOSU no las considera imprescindibles. Sus funciones están centradas en los aspectos de la gestión académica de los títulos. Se trata de una estructura intermedia entre los departamentos, vinculados normalmente a uno o varios ámbitos de conocimiento, y la propia universidad.

Es una acepción diferente al «college» americano, por lo que es peligroso una traducción directa para explicarlo. Simplificándolo mucho (porque hay una gran casuística), en EEUU un «college» suele ser una institución más bien pequeña donde se imparten estudios universitarios de grado. Mientras que las universidades son de mayor tamaño e incluyen postgrado (máster y doctorado) e investigación. Más complicado de definir aun es el término “college” para las grandes universidades inglesas como Cambridge u Oxford, pero eso es otro mundo.

En España, el tipo de escuela o facultad depende mucho de cada universidad y muchas veces viene marcado por la historia de la institución. Por ejemplo, lo normal es que en las universidades generalistas existan diferentes departamentos relacionados con la ingeniería pero solamente una Escuela Politécnica, encargada de gestionar todos los títulos de ingeniería. Por eso, aunque hablemos de escuelas de caminos siempre que vemos que se imparte el título ingeniero de caminos, en algunas universidades no existen como tales, sino que se trata de un título de caminos que está coordinado por el departamento de ingeniería civil y se encuentra dentro de la escuela politécnica. Esta distinción es importante porque en Madrid por ejemplo hay tres universidades que imparten el título de caminos, pero a veces olvidamos que solo una de ellas tiene escuela de caminos.

Otro aspecto interesante es que, quizá por nuestra experiencia, estamos acostumbrados a pensar que todos los profesores y departamentos que participan en la docencia de un título pertenecen a una misma Escuela. Eso empieza a ser una rareza. En las universidades más modernas, cada vez son más frecuentes los departamentos transversales que se encargan, por ejemplo, de las ciencias básicas para todos los títulos de ciencia y de ingeniería. Ya hay unas cuantas universidades, por ejemplo, en que un mismo departamento se encarga de la docencia en los títulos de industriales, caminos y minas. Es fácil comprender cómo esto mejora la eficiencia en el aprovechamiento de recursos y dota de una cierta transversalidad a los conocimientos, pero indudablemente también afecta a la especificidad y el carácter de los títulos. Daría para una larga discusión los aspectos positivos y negativos de cada modelo. A mí me gusta pensar que todos los que participamos en la formación de un ingeniero de caminos tenemos en mente nuestro lugar dentro del proceso de adquisición de conocimientos y el resultado final que queremos conseguir. Eso no necesariamente quiere decir que tengamos que ser ingenieros de caminos, pero sí que sabemos para qué sirve lo que hacemos y que nuestro objetivo está más allá de nuestra simple asignatura.

¿Cuál es el rol que verdaderamente juegan las escuelas? Como he dicho antes, fundamentalmente académico. Las cuestiones relacionadas con la investigación están muy controladas desde la universidad que trata directamente con las dos estructuras relacionadas: los grupos de investigación y los centros de investigación. Estos últimos, normalmente, suelen ser transversales y los investigadores que forman parte de ellos es raro que dependan de una única escuela. En estos aspectos, las escuelas suelen limitarse, como mucho, a apoyar administrativamente la gestión de los programas de doctorado, aunque todas la universidades ya estamos obligadas a tener una escuela internacional de doctorado que se encargue de esa misión transversalmente.

Los recursos humanos docentes están fundamentalmente marcados por los departamentos y el vicerrectorado responsable del profesorado. Es verdad que las juntas de escuela tienen la última palabra sobre la solicitud de plazas y la propuesta de tribunales, pero lo normal es que respeten lo que les llega de los departamentos. En muchos casos, como decía antes, estos departamentos son transversales y tienen secciones departamentales en diferentes escuelas.

En estas circunstancias, parece más bien que las responsabilidades del nivel de Escuela se están restringiendo cada vez más a:
– Gestionar las instalaciones comunes de un edificio, para lo que reciben una asignación presupuestaria (las escuelas no suelen tener personalidad jurídica, su CIF es el de la universidad).
– Gestionar académicamente los títulos adscritos a ella.

Si separas las responsabilidades relativas a la gestión académica, de la gestión de los recursos humanos y de la investigación, es muy difícil articular una visión y una estrategia que de verdad pueda tener un impacto. Cada vez más, la universidad se dirige hacia una suma de individuos, unos «egosistemas», que reportan sobre su actividad a estructuras muy diferentes y normalmente desconectadas (departamentos para aspectos de recursos humanos, centros de investigación para la investigación y escuelas para la parte docente). Con una carrera muy basada en cumplir unos hitos en investigación, se está potenciando el perfil de profesor-investigador individual (como mucho, involucrado en un pequeño grupo de investigación) con apenas incentivos para sentirse parte del resto de estructuras.

Una universidad de escuelas

Un caso peculiar se da cuando las escuelas o facultades son más antiguas que la propia universidad. Por ejemplo, la Universidad Politécnica de Madrid se fundó hace poco más de cincuenta años y surgió como la unión de diferentes grandes escuelas de ingeniería. Entre ellas, la escuela de caminos que fue fundada en 1802. En el caso de nuestra universidad, las escuelas tienen una historia y una identidad muy marcadas. No es frecuente encontrar departamentos transversales, sino que cada escuela suele mantener dentro de ella a todos los departamentos involucrados en su docencia. Y, en general, el peso de las escuelas es muy fuerte en la gestión de la universidad.

No obstante, ¿siguen siendo tan importantes? En la UPM siempre existe una discusión sobre si queremos ser más universidad o más escuela. Hay épocas en las que parece que somos más optimistas en la construcción de la universidad, otras veces nos refugiamos en nuestros centros. Evidentemente tiene que haber un proyecto y un liderazgo a nivel de universidad, especialmente imprescindible para tener voz dentro y fuera de nuestras fronteras, donde cada vez el tamaño tiene mayor repercusión. Pero a la vez, sigo creyendo en las escuelas como principal órgano de gestión y liderazgo hacia dentro de la universidad. Por lo menos, los directores de escuela somos esos «middle managers» sin cuyo alineamiento y apoyo cualquier liderazgo rectoral está condenado al fracaso.

En mi opinión, las escuelas tienen una importancia decisiva en la medida que sus dimensiones son las mejores para una gestión eficaz en nuestro ámbito. Una gran escuela como la nuestra maneja alrededor de 3.000 alumnos, 300 profesores y 150 PTGAS. Son dimensiones manejables, que permiten a los que ocupamos cargos directivos tener una gestión y un liderazgo cercano a las personas y al día a día. Cuando das el salto a la universidad, subes un orden de magnitud: en el caso de UPM, 30.000 alumnos, 3.000 profesores y 1.500 PTGAS. En el caso de la Complutense, estas cifras se triplican. En mi etapa en el rectorado notabas muchísimo esa lejanía de los centros donde se estaba desarrollando la verdadera actividad de la universidad. Desde el rectorado, apenas tienes contacto con profesores y con alumnos, como mucho con «representantes» de ellos. Por ejemplo, el MIT, sin duda una de las mejores universidades del mundo, tiene unas dimensiones (1.000 profesores, 10.000 alumnos) más parecidas a una gran escuela que a una gran universidad.

Lo que ocurre es que ese liderazgo a nivel de escuela se queda muy cojo si no incorpora, además de los asuntos académicos, aspectos de investigación y recursos humanos. Por ejemplo, sin una visión de escuela, por la dinámica propia del sistema universitario, la tendencia es a hipertrofiar aquellas áreas en las que se es fuerte en investigación, que crecen rápidamente, mientras que otras que pueden tener un valor docente clave, pueden irse quedando vacías. Cuando te acercas a un departamento de ingeniería civil de una universidad top americana te puedes llevar la sorpresa de que, en el fondo, solo tienen profesores especializados en una o dos áreas (p.ej. materiales y ecología), que son además en las que son muy fuertes en investigación. El resto, prácticamente no existe. Ese modelo choca contra nuestra identidad de «gran escuela» donde consideramos nuestro compromiso permitir al alumno elegir especializarse en prácticamente cualquier área de la ingeniería civil, con docentes especialistas que cubren todos los ámbitos.

En resumen, para alguien como yo que cree en esas estructuras intermedias como las mejores para una gestión universitaria efectiva, es un privilegio ser director de una escuela como la de caminos, cuya marcada identidad hace que todavía podamos tener una visión y establecer una estrategia y un proyecto común como colectivo. Pero siempre tienes que ser consciente que mientras en los aspectos académicos la autoridad o competencia de la escuela es indiscutible, en aspectos de investigación, transferencia y recursos humanos, la autoridad es, como mucho, compartida y más basada en la influencia y el consenso. Con todo, el mayor reto para mí de cara al futuro es ser capaces de seguir generando un sentido de pertenencia entre nuestros profesores y personal. El sistema no lo pone fácil.