Se ha presentado recientemente el libro “Vida de Clemente Sáenz García. Ingeniero y geólogo soriano”, escrito por su hijo, Fernando Sáenz Ridruejo.
El acto tuvo lugar el 9 de febrero de 2026 en el Colegio de Ingenieros de Caminos, en el Auditorio Agustín de Betancourt, con la participación de representantes del ámbito académico, institucional y profesional. El lleno del salón de actos fue absoluto.
El libro recoge la trayectoria de Clemente Sáenz García, profesor durante décadas en la Escuela de Caminos de Madrid, combinando su actividad como ingeniero y geólogo con una amplia dedicación docente e intelectual.
Fue una jornada bonita, que además sirvió para recordar al verdadero promotor del libro, Fernando Ruiz Ruiz, que no pudo acurdir por motivos de salud. En el entorno profesional y académico, la publicación ha suscitado interés como recuperación de una trayectoria relevante en la historia reciente de la ingeniería española.
Siempre me he quejado —y lo sigo haciendo en parte— del excesivo celo que tiene nuestro sector a la hora de recordar a sus viejas glorias. A veces tengo la sensación de que miramos demasiado hacia atrás. Y me preocupa, porque no estoy seguro de que ese tipo de homenajes, por sí solos, sean capaces de despertar nuevas vocaciones.
Las nuevas generaciones no siempre conectan con relatos del pasado. Necesitan referentes vivos, proyectos ilusionantes, desafíos contemporáneos. Necesitan ver futuro, no solo historia.
Y, sin embargo, cada vez que tengo ocasión de participar en uno de estos actos, acepto encantado.
Porque también he aprendido que en esos homenajes hay algo que no deberíamos perder. No son solo ejercicios de nostalgia. Son, en el fondo, una forma de transmitir un legado. De recordar que lo que hoy somos —como escuela, como profesión— no surge de la nada, sino que es el resultado de muchas trayectorias acumuladas, de muchas personas que han contribuido a construirlo.
Ahí hay un equilibrio delicado.
Si solo miramos al pasado, corremos el riesgo de desconectar del futuro. Pero si dejamos de mirarlo, perdemos referencias, identidad y sentido de continuidad.
Quizá el problema no sea recordar a quienes nos precedieron, sino cómo lo hacemos. No tanto como ejercicio de celebración, sino como oportunidad para reinterpretar ese legado y proyectarlo hacia adelante. Porque, bien entendidos, estos homenajes no deberían hablar solo de lo que fuimos, sino de lo que todavía podemos ser.
En cualquier caso, acto tremendamente emotivo y con lleno hasta la bandera. A continuación, incluyo el prólogo que escribí junto a Eugenio Sanz para el libro. Y el discurso de cierre de la jornada que hice.
Prólogo
La Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid se adhiere con profundo respeto y sincera gratitud a la edición de este libro dedicado a la figura de Clemente Sáenz García, con el propósito de honrar su memoria y reconocer su legado como Catedrático de Geología y maestro de más de cuarenta promociones de ingenieros desde mediados del siglo pasado. Su impronta sigue viva en quienes tuvieron el privilegio de aprender de él y permanece como parte esencial de la identidad de nuestra Escuela.
La Escuela tuvo la fortuna de contar con un profesor vocacional, enamorado de las Ciencias de la Tierra, que supo transmitir a sus alumnos la convicción de que no eran simples receptores de conocimiento, sino auténticas obras en construcción que requerían dedicación, paciencia y generosidad. Quienes le conocieron dentro y fuera de las aulas le recuerdan como una verdadera autoridad en su materia, y como un docente capaz de contagiar la pasión por la geología y por su aplicación directa a la ingeniería civil.
Entre sus muchas aportaciones, resultan especialmente memorables los viajes de prácticas de varios días, que hoy siguen vigentes, en los que se recorrían terrenos, se identificaban estructuras geológicas, se buscaban fósiles y se visitaban obras en construcción para observar la interacción viva entre obra y geología. Las crónicas de aquellas experiencias, conservadas en los Anuarios de la Biblioteca de la Escuela, son un valioso testimonio del rigor académico y del extraordinario aprovechamiento que supieron obtener sus estudiantes.
Clemente Sáenz García (Soria, 1897 – Madrid, 1973) fue no solo ingeniero de Caminos (promoción de 1921), sino también un geólogo de referencia en España. Desde 1926 colaboró con la Confederación Hidrográfica del Ebro, donde desempeñó el cargo de jefe del servicio geológico. Participó de manera activa en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933. En el ámbito académico y científico ocupó relevantes responsabilidades: fue vicepresidente de la Asociación Geológica, consejero del Patronato Diego de Saavedra Fajardo del CSIC, presidente de la Sección de Hidrología de la Comisión Nacional de Geodesia y Geofísica, y elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1961. Recibió, asimismo, la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil y la Orden de Alfonso X el Sabio.
En su trayectoria profesional combinó el profundo conocimiento geológico con la visión de ingeniero hidráulico, afrontando con solvencia los retos geotécnicos de grandes obras. Su perfil polifacético —geólogo estratigráfico, paleontólogo, matemático, historiador— enriqueció notablemente la formación de sus discípulos y dejó una huella perdurable en la Cátedra de Geología de la Escuela.
Hombre discreto, humilde y de firmes convicciones, su compromiso con la docencia fue tan profundo como su erudición científica. La grandeza de don Clemente no residía únicamente en sus publicaciones ni en el prestigio alcanzado, sino en la atención personal que brindaba a cada estudiante, a quien acompañaba con cercanía y rigor, convencido de que en cada uno se albergaba parte del porvenir de la profesión que tanto amaba. Su magisterio, transmitido con pasión y con ejemplo, continúa siendo una fuente de inspiración para todos los que seguimos su senda en la docencia.
Por todo ello, la Escuela de Caminos de Madrid se honra en sumarse a este homenaje a Clemente Sáenz García, figura esencial de nuestra historia académica y profesional, sin la cual sería imposible comprender nuestra identidad colectiva como Escuela: un legado que trasciende generaciones y un símbolo perdurable de entrega al progreso de la sociedad.
Con profundo respeto y admiración.
Eugenio Sanz y José Miguel Atienza
DISCURSO cierre de la jornada homenaje
Buenas tardes.
Muchas gracias.
Quiero comenzar agradeciendo al Colegio su invitación y, muy especialmente, a Miguel Ángel, por permitirme acompañarles hoy. Para mí es un privilegio cerrar esta jornada.
Voy a empezar hablando del autor. El libro que hoy hemos presentado es un ejercicio de memoria profesional, pero también —y esto es lo que más me conmueve— de memoria humana, íntima. Me emociona especialmente la Introducción que escribe Fernando: desde la cita inicial de Luis Rosales hasta la forma en que describe la dificultad de “encontrar el tono adecuado para esta tarea”, pero también la “obligación moral” —y casi diría vital— de afrontarla.
Desde ese punto de vista, me gustaría decir que este libro cumple un cometido necesario para la Escuela, para la profesión y para la sociedad. Gracias Fernando por hacerlo posible. Pero, sobre todo, deseo que satisfaga también el plano más personal y humano, y que contribuya a cerrar esa cuenta pendiente que describes con tanta honestidad. Ojalá sea así, Fernando.
Este libro es, además, un gesto colectivo. Un gesto de quienes lo han impulsado, escrito y cuidado; de quienes han decidido detenerse —en un mundo que rara vez se detiene— para reconocer una trayectoria que ha dejado una huella profunda. Y ese gesto dice mucho de la comunidad que lo hace posible. De nuestra comunidad.
En ese sentido, quiero agradecer al Colegio y a Miguel Ángel que hayan acogido esta iniciativa. Pero me gustaría referirme de manera muy especial a una persona: Fernando Ruiz Ruiz, que no firma en ninguna página, pero cuya implicación ha sido decisiva para que hoy estemos aquí.
En los casi cuatro años que llevo como director de la Escuela, he colaborado con el Colegio en numerosas actividades: algunas conjuntas, otras desarrolladas de forma separada, pero siempre desde el respeto mutuo y la colaboración leal. Con Fernando —a quien no conocía hace cuatro años— he mantenido un contacto constante, y puedo decir que no solo no hemos tenido nunca un problema, sino que, con el tiempo, creo que se ha ido construyendo también un vínculo personal.
De hecho, la única duda que recuerdo en todo este tiempo surgió en torno al lugar donde presentar este libro. Aunque la iniciativa y el trabajo correspondían al Colegio, a mí me apetecía que fuera en la Escuela, y creo que pillé a Fernando Ruiz especialmente cansado antes de Navidad, porque inicialmente lo planteamos allí. Sin embargo, tras las fiestas, me llamó para proponerme que se celebrara aquí, en el Colegio. No necesitó darme razones. Y hoy me alegro especialmente de aquella decisión, porque me brinda la oportunidad de reconocer su trabajo, su amistad y, sobre todo, de desearle una pronta y plena recuperación.
Yo no conocí personalmente a don Clemente. Pero sí conozco parte de su legado, que sigue muy vivo en la Cátedra y en el Laboratorio de Geología de nuestra Escuela. Somos una institución con casi 225 años de historia, y no solo tenemos un carácter propio: diría que cada una de nuestras áreas tiene una personalidad bien definida.
Yo procedo del departamento de Manuel Elices, y eso deja una huella profunda. Del mismo modo, reconozco con claridad un sello propio en el área de Geología de la Escuela, que va mucho más allá de los inolvidables viajes de prácticas que han marcado a generaciones enteras de estudiantes durante más de un siglo.
Cuando hoy miro a Eugenio o a Ignacio, veo sabios en el sentido más pleno del término: personas que no solo dominan lo técnico, sino que poseen un profundo conocimiento de la historia, un respeto ejemplar por la docencia y por la institución, y una calidad humana extraordinaria. En ellos reconozco, sin dificultad, a la persona que este libro describe. Y en ese sentido, puedo decir que la Escuela conserva ese legado y sigue profundamente agradecida por él.
Como Escuela, como profesión y como universidad pública, necesitamos momentos como este. No como ejercicio de nostalgia, sino como afirmación de nuestra identidad. La ingeniería no se mide solo por lo que construye, sino por los valores que transmite de generación en generación y el carácter que sostiene en el tiempo. Y figuras como la de Clemente Sáenz García nos recuerdan que el legado más importante no está en las obras visibles, sino en una forma de entender la profesión y de vivirla con responsabilidad, rigor y humanidad.
Quiero agradecer sinceramente a todas las personas que han participado en esta jornada, a quienes han compartido palabras, recuerdos y reflexiones, y a todos aquellos que han hecho posible este libro.
Y, por supuesto, muy especialmente a la familia, que es siempre una parte esencial de cualquier trayectoria que merezca ser recordada, pero que en este caso lo es de manera muy singular. A ellos, desde la Escuela, quiero expresarles nuestro más profundo respeto, gratitud y admiración.
Muchas gracias a todos.