La voz de la profesión: comunicación y crisis

Uno de los desafíos más profundos a los que nos enfrentamos cuando estalla una crisis se encuentra, precisamente, en cómo gestionar la comunicación. Los ingenieros de caminos estamos acostumbrados a proyectar y construir las infraestructuras que protegen y mejoran la vida de las personas bajo el amparo del rigor, la precisión técnica y el análisis reposado. Sin embargo, cuando surge el imprevisto o el fallo estructural, la conversación pública se acelera de un modo vertiginoso. Los medios de comunicación buscan explicaciones rápidas, la política exige señalar a los responsables y la ciudadanía, lógicamente, demanda certezas inmediatas.

Es en ese preciso instante cuando las profesiones técnicas se ven empujadas a responder en un espacio público regido por una lógica muy distinta a la de nuestro trabajo habitual. De pronto, el sosiego que requiere el estudio de materiales o el recálculo de estructuras colisiona frontalmente con la urgencia del titular. Nos sentimos, a menudo, incomprendidos o maltratados por una sociedad que desconoce la inmensa complejidad de nuestro trabajo. Pero la respuesta a esta incomprensión no puede ser el silencio ni el reproche.

En mi experiencia universitaria, he podido comprobar que las instituciones que mejor gestionan estos episodios son aquellas que entienden que la comunicación no es un ejercicio improvisado ni meramente reactivo. Al contrario, es una parte fundamental de la gobernanza institucional. Exige una preparación previa, una claridad absoluta de roles, una profunda coordinación interna y, sobre todo, una comprensión empática del contexto social que nos rodea. No basta con tener razón desde el punto de vista técnico; es imperativo saber transmitir esa razón con cercanía y autoridad.

La música del debate público

En muchas situaciones de crisis, lo verdaderamente decisivo no es solo lo que se dice mediante comunicados oficiales, sino la dinámica que termina imponiéndose en el debate de la opinión pública. Y esa dinámica tiene su propia música, un ritmo sutil que es fundamental saber identificar para no perder el paso. Porque a veces, envueltos en la vorágine de las justificaciones técnicas, te dejas llevar por una melodía de fondo que suena bien, pero puede que en realidad estén “tocando a degüello”.

—¿Oyes esa música?

—¿Qué es?

—Bueno, lo llaman el «Degüello»… la canción de los degolladores. Los mexicanos se la tocaron a los chicos de Texas cuando los tenían embotellados en El Álamo. La tocaron día y noche hasta que todo terminó. ¿Ahora sabes lo que quiere decir con eso?

—Sí. Sin cuartel. Sin piedad para el perdedor.

En aquella vieja película, John Wayne y sus hombres entendían perfectamente el mensaje que flotaba en el aire. Sabían que la música no era un adorno, sino una declaración de intenciones, y se mantenían juntos, coordinados y plenamente conscientes de que solo podrían resistir el embate si actuaban como un grupo cohesionado. La lección, para nuestro sector, no es en absoluto menor. Cuando las infraestructuras están en la primera línea de fuego, bajo el escrutinio de la sociedad, necesitamos saber escuchar esa música y responder con una solidez inquebrantable.

La riqueza de nuestra arquitectura institucional

Durante los últimos meses, en los que el sector de la ingeniería y las obras públicas ha estado sometido a presiones desde muy diferentes ángulos, he escuchado con notable frecuencia una queja amarga entre compañeros de profesión: “No tenemos una voz única en el sector”. Es un lamento comprensible, nacido de la frustración de ver cómo nuestro mensaje a menudo se diluye.

Sin embargo, confieso que yo no soy nada nostálgico de un Colegio único, una Escuela única, una Voz unificada y monolítica. Diría, de hecho, que la voz única es un concepto propio de otro tiempo, mucho más cercano a las viejas estructuras jerárquicas que a las modernas comunidades de conocimiento en las que hoy habitamos. Nuestro colectivo, afortunadamente, está representado por el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, pero también por la Asociación, las demarcaciones territoriales, las Escuelas, las asociaciones de ingenieros del Estado y otras entidades sectoriales de inmenso valor.

Cada uno de estos actores encarna una dimensión distinta y necesaria: la representación institucional, la autoridad académica, la cercanía y legitimidad territorial, la defensa técnica desde la administración. Esto no es fragmentación, como algunos temen. Es, en realidad, una sofisticada arquitectura institucional. Es una riqueza que nos permite abordar los problemas desde múltiples perspectivas, aportando soluciones mucho más resilientes y adaptadas a la realidad. O, al menos, debería serlo.

De la cacofonía a la legitimidad coordinada

Diría que lo verdaderamente importante no es hablar por una sola boca, sino ser capaces de transmitir un mensaje articulado. Porque cuando múltiples actores de una misma profesión hablan sin una coordinación previa, emitiendo diagnósticos contradictorios en medio de una crisis, la legitimidad externa del colectivo sufre un daño irreparable. La literatura académica denomina a este fenómeno uncoordinated cacophony (cacofonía descoordinada), un término tremendamente expresivo que describe a la perfección ese ruido ensordecedor que confunde a la ciudadanía en lugar de tranquilizarla.

La alternativa a esta cacofonía es, sin duda, mucho más exigente. Articular un marco común significa tener la madurez de reconocer y alinear las diferencias internas. Supone coordinar los tiempos de intervención, ajustar los tonos del discurso y diferenciar los roles de cada institución sin competir ferozmente por la legitimidad frente a los micrófonos.

Si de verdad nos importa defender la profesión, si sentimos ese orgullo profundo por el servicio público que prestamos cada día, estoy seguro de que seremos capaces de lograr este nivel de entendimiento.

Un mensaje articulado para defender nuestra vocación

La profesión de ingeniero de caminos se forja en la disciplina, la capacidad de adaptación y una vocación inquebrantable de servicio a la sociedad. No podemos permitir que ese esfuerzo colectivo quede desdibujado por una mala gestión de nuestra voz pública.

La pluralidad de nuestras instituciones aporta riqueza y matices a nuestro análisis. La coordinación entre todas ellas aporta la estabilidad necesaria para resistir los embates de cualquier crisis. La combinación de ambas, finalmente, genera una profunda legitimidad. Es hora de dejar atrás los lamentos por la falta de una voz única y empezar a trabajar en la construcción de un coro bien afinado. Voces plurales, sí, pero que se respetan, se complementan y se legitiman mutuamente en el espacio público, recordando a la sociedad que siempre estaremos ahí para sostener los cimientos de su futuro.