En la tumba de Sagasta

El 21 de julio de 1825 nacía en Torrecilla en Cameros (La Rioja) Práxedes Mateo Sagasta, figura clave en la historia política de España y, también, uno de los nombres más ilustres que han pasado por las aulas de la Escuela de Caminos.

Igual que el año pasado el Colegio de Ingenieros de Caminos eligió como efeméride conmemorativa el bicentenario de la muerte de Agustín de Betancourt, este 2025 la fecha elegida ha sido el bicentenario del nacimiento de Sagasta. Una decisión que no solo reconoce su relevancia histórica, sino que también permite rescatar y compartir una parte fundamental de nuestra memoria como profesión y como institución.

A lo largo del año se han programado diversos actos conmemorativos: presentaciones de libros, exposiciones y homenajes. Como ya ocurrió con Betancourt, hay que agradecer que el impulso y el esfuerzo organizativo hayan venido casi en su totalidad del Colegio, que ha liderado esta iniciativa con convicción y con generosidad. Y, lo más importante, que en todo momento hayan querido contar con la Escuela, haciéndonos partícipes activos de esta conmemoración.

Durante estos casi ya cuatro años, la relación entre el Colegio y la Escuela ha sido especialmente fluida. Quiero destacar en particular la colaboración constante con Fernando Ruiz, con quien hemos podido cooperar estrechamente en muchos de estos eventos, ya fueran organizados por el Colegio o por la propia Escuela. Esa voluntad de trabajo conjunto, desde la confianza y el respeto mutuo, ha sido de gran valor.

De entre todos los actos celebrados este año 2025, para mí hay uno que ha tenido un significado muy especial: acompañar a la familia de Sagasta al homenaje en su tumba del Panteón de España. Supongo que para muchos puede ser solo un gesto un tanto tétrico, casi “gore” (recibí unas cuantas críticas por la fotografía). Pero creo que es un acto que recordaré siempre. En todo caso, no deja de sorprenderme que allí estuviéramos solo la familia, el Colegio de Caminos y la Escuela. Sagasta fue siete veces presidente del gobierno y figura clave para entender dónde estamos hoy. Supongo que es una muestra más del deterioro de la política al que estamos asistiendo día a día.4

La verdad es que ser director de la Escuela de Caminos es un privilegio en muchos sentidos. Te permite habitar la historia, sentir que formas parte de una continuidad que te trasciende, que te supera, pero que también te sostiene. Te hace consciente de que, por encima de lo inmediato, hay una vocación colectiva —técnica, ética y pública— que nos une con quienes estuvieron antes y nos compromete con quienes vendrán después.

Adjunto a este mensaje el pequeño discurso que he tenido el honor de pronunciar hoy. Ha sido una jornada discreta, sobria y cargada de sentido. De esas que justifican todo lo demás (justo hoy declaraban en la Audiencia Nacional varios cargos del ministerio de transportes, ingenieros de caminos, acusados de corrupción).


Discurso en la ofrenda floral en el mausoleo de Sagasta, el día del 200 aniversario de su nacimiento.

Buenos días. En primer lugar, muchísimas gracias al Colegio por la organización de este acto y por contar con la Escuela de Caminos. Gracias también a la familia de Práxedes Mateo Sagasta. Es, de verdad, un privilegio acompañaros en un día como hoy. Aquí hay personas que conocen mucho mejor que yo la figura de Sagasta, su legado político y su proyección histórica. Por eso, con humildad, preferiría centrarme brevemente en lo que conozco un poco mejor: la Escuela de Caminos.

Creo que hay dos momentos históricos en los que la Escuela juega un papel decisivo en el desarrollo de España como país. El primero, más cercano en el tiempo, es el último tercio del siglo XX: una etapa en la que se consolida la estabilidad democrática y en la que, en apenas una generación, pasamos a formar parte del grupo de países más avanzados del mundo. La contribución de la ingeniería civil a ese proceso fue fundamental: en infraestructuras, en cohesión territorial, en vertebración económica, en imagen exterior.

El segundo momento —quizá menos conocido, pero igual de decisivo— se sitúa en torno a la mitad del siglo XIX. Hace un par de años, en la Escuela presentamos un libro muy especial: las Lecciones de Derecho Público y Administrativo de Tomás María Vizmanos. No eran exactamente un manual, sino los apuntes que tomaban sus alumnos en clase. Entre ellos, un joven Práxedes Mateo Sagasta. Año 1850. El valor de esa rareza es enorme: puede considerarse el primer texto de derecho administrativo escrito en español. Pero lo más relevante es lo que representa: la construcción intelectual y técnica del Estado moderno, el esfuerzo por articular un territorio fragmentado, por dotarlo de instituciones, de servicios, de infraestructuras pasaba por la Escuela. Y la Escuela era uno de los lugares donde todo eso empezaba a pensarse y a enseñarse.

No es casualidad que los dos presidentes del gobierno formados en la Escuela de Caminos —Leopoldo Calvo Sotelo y Práxedes Mateo Sagasta— estén ligados a esos dos grandes periodos de transformación. Porque la sociedad sabía que, en la Escuela, se hablaba de territorio, de instituciones, de servicio público, de España. Y eso atraía a una generación de estudiantes excepcional. Sagasta fue número uno de su promoción, pero en los años siguientes encontramos apellidos como Saavedra, Echegaray, … No es de extrañar que, como dice Fernando Sáenz Ridruejo, el joven Sagasta optara por estudiar una carrera que representaba todo un símbolo de modernidad y progreso. Todos ellos comprendieron que la ingeniería civil no era una técnica neutral, sino una herramienta de transformación colectiva, al servicio de un país que buscaba ordenarse, progresar, modernizarse. Fuimos una auténtica Escuela de estado.

Aquella Escuela de 1848, y los personajes que la habitaron, es un tema fascinante, del que podríamos hablar durante horas. Por allí pasaron Subercase, Echegaray, Saavedra, Lucio del Valle,… Lo cierto es que Sagasta salió de allí con una legitimidad sólida, forjada en el rigor, el mérito y el compromiso público. Una legitimidad que sin duda facilitó sus primeros pasos en la administración y que acabaría abriéndole las puertas del liderazgo político.

Gracias, una vez más, por permitirnos ser parte de este homenaje. Práxedes Mateo Sagasta inscribió su nombre con letras de oro en la historia de España, pero también dejó una huella discreta y profunda en la historia de nuestra Escuela. Fue —y sigue siendo— uno de los nuestros. Para la Escuela de Caminos, recordarlo hoy no es solo un honor. Su legado no solo nos enorgullece: también nos compromete. También nos interpela. Muchas gracias.