Cuando un amigo se va…

Llevo casi veinte años vinculado a la gestión universitaria, y de forma muy intensa los últimos doce, enlazando responsabilidades sucesivas: primero como jefe de estudios de la Escuela, luego como vicerrector de Estrategia Académica e Internacionalización, y desde hace ya casi cuatro años, como director de la Escuela de Caminos. Aunque formalmente cumplo ahora ese primer mandato como director, en realidad llevo más de ocho años en contacto estrecho con el resto de directores de escuelas de la UPM, compartiendo preocupaciones, decisiones, celebraciones y desafíos.

Justo durante este primer semestre de 2025 se ha producido el relevo en la mayoría de las escuelas. Se ha concentrado todo en apenas unos meses, en parte porque durante la pandemia muchos procesos electorales quedaron aplazados y se retomaron a la vez, en torno a las elecciones al Rectorado. Tras las nuevas elecciones a rector que se produjeron en noviembre, han ido llegando las elecciones en buena parte de los centros, y con ello, la renovación de muchos equipos. En numerosas escuelas se agotaban los segundos mandatos, y eso ha significado despedir a un buen número de colegas, compañeros y —en muchos casos— amigos.

Es una sensación extraña esa de ver cómo muchos de los que te han acompañado en el camino se marchan y tú continúas. Necesitas construir vínculos nuevos con los nuevos directores que llegan —personas estupendas, por cierto—, pero al mismo tiempo experimentas la impresión de pertenecer ya a otro momento, a otro grupo, casi a otra época. Y aunque sigues, no puedes darte de la misma manera en que te diste al principio. Cambia la energía, cambia el lugar desde el que miras.

De entre todos esos directores amigos, hay una figura que para mí ha sido muy especial: Manuel Blanco, director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM). Por su inteligencia, su carisma, su cultura, su capacidad de escucha, y por representar a una escuela que, desde todos los puntos de vista, es fundamental para nosotros. En su caso, además, coincidía su despedida como director con su jubilación. Era un cierre completo de ciclo.

Consideré que era muy importante que la Escuela hiciera un gesto ante esa despedida. No solo porque me une a Manolo un afecto profundo y una admiración sincera —que los tengo—, sino porque consideré que ese gesto debía ser también institucional. Las afinidades personales no deben condicionar las decisiones de una institución. Pero hay ocasiones en las que lo personal y lo institucional pueden caminar juntos, y este era uno de esos casos.

Ese gesto pretendía tener un doble sentido. Por un lado, buscaba dejar atrás de forma definitiva ese viejo antagonismo simbólico entre nuestras escuelas —Arquitectura e Ingeniería de Caminos—, una rivalidad anacrónica que aún flota en el imaginario colectivo, pero que ya no se corresponde con la realidad. Hoy, nuestros egresados trabajan juntos en estudios, obras y proyectos repartidos por todo el mundo. Cooperan, dialogan, se necesitan. Y las escuelas debemos estar a la altura de esa nueva cultura profesional.

Pero el gesto tenía también un segundo propósito, quizá más difícil de explicar, pero no por ello menos importante: una cuestión de anclaje institucional. En un contexto universitario cada vez más cambiante, más competitivo, más fragmentado, mantener ciertos gestos, ciertas relaciones, ciertos referentes compartidos, no es una simple cuestión de cortesía: es una forma de reafirmar quién eres y desde dónde hablas. Las instituciones no solo existen por lo que proyectan hacia fuera; también necesitan, de vez en cuando, mirarse hacia dentro, reconocerse, reencontrarse con su historia, con sus aliados, con sus interlocutores naturales. Ese gesto de anclaje consiste precisamente en eso: sostener una posición que te permita avanzar sin desdibujarte, seguir transformándote sin perder la referencia del fondo, del tiempo y de los vínculos que te han hecho ser lo que eres.

La Escuela ha pasado una década compleja. En algunos momentos, incluso frágil. Pero nos estamos poniendo de nuevo en pie. Estamos recuperando una posición desde la que volver a mirar al mundo con ambición, con confianza, con criterio. Y eso también implica reconstruir nuestras alianzas, fortalecer nuestra interlocución con aquellos que caminan a nuestro lado. En ese contexto, volver a mirar cara a cara a la ETSAM —que es, sin lugar a dudas, una de las mejores escuelas de arquitectura del mundo— no es un simple gesto protocolario. Es un símbolo. Es reconocer que estamos de nuevo a la altura del diálogo, de la cooperación, del respeto mutuo entre instituciones que se saben distintas, pero que se necesitan. Porque hay algo profundamente universitario en saber tender la mano desde la diferencia.

Por eso, este gesto tenía tanto de personal como de institucional. Porque no se trataba solo de despedir a un amigo. Se trataba, también, de reafirmar el lugar desde el que la Escuela de Caminos quiere volver a hablar. Y en ese sentido, saber acompañar a quienes se despiden con altura, con gratitud y con respeto, también es una manera de dignificar nuestra propia presencia. De decir, sin palabras, que estamos donde debemos estar.

Invité a Manolo a la mesa presidencial en la entrega de diplomas de nuestra escuela e hice referencia a él en mi discurso. Recibió un aplauso, la Escuela de Caminos despidió con un aplauso a un director de arquitectura. Todo un gesto que ni él ni yo olvidaremos nunca. Ojalá nuestras instituciones tampoco.


Incluyo aquí la parte de mi discurso en que me refería a él y el post de LinkedIn que hice después, el día de su despedida definitiva.

Post LinkedIn con motivo de la toma de posesión del nuevo director de la ETSAM

A menudo, los acontecimientos trascendentes adoptan la forma de lo cotidiano, el disfraz de lo común. Suelen presentarse con la naturalidad del curso habitual de las cosas. Y eso es fantástico, porque habla de la salud, la solidez y la continuidad de nuestras instituciones: llega alguien, se va alguien, se firma un papel, se escuchan unos aplausos,… y todo sigue. Sucede, y apenas nos damos cuenta. Es como si la vida nos pidiera una segunda lectura más personal para no pasar por alto la conciencia de su valor, de su responsabilidad, y también de su fragilidad.

El jueves pasado pude acompañar a dos buenos amigos en uno de esos momentos. Uno llegaba para asumir el reto más importante de su carrera, dirigir su Escuela. Tamaño reto dirigir la que para mí es, sin duda, la mejor escuela de arquitectura del mundo, la ETSAM. Javier, enhorabuena y mucha suerte. Te sobran galones para ser un director extraordinario. Lo veremos juntos.

El otro amigo cerraba un ciclo de ocho años que, estoy seguro, no olvidará jamás. Ni él, ni quienes hemos tenido —de una forma u otra— el privilegio de acompañarle y aprender de su ejemplo. Manolo, honor y gratitud para un director excepcional de la ETSAM, un embajador inigualable de la UPM. Gracias por recordar en tu discurso un momento muy especial: el aplauso que te dedicó la Escuela de Caminos en el acto de entrega de diplomas de este año. Largo, sincero, lleno de respeto y de afecto. Esa imagen dice mucho más de lo que yo podría escribir aquí. Te voy a echar mucho de menos, amigo.

Gracias a los dos. Un honor poder acompañaros.

Extracto del discurso de la entrega de diplomas, que dediqué especialmente al director de Arquitectura:

En primer lugar, quiero agradecer que haya aceptado nuestra invitación a formar parte de la mesa presidencial al director de la que, para mí es —sin ningún género de duda— la mejor escuela de arquitectura del mundo, la ETSAM.

Gracias, Manolo, por tu gesto, que simboliza el enorme respeto mutuo entre nuestras escuelas. Llevamos más de doscientos años peleándonos porque seguís empeñados en no aceptar lo evidente: que el urbanismo es nuestro o que nosotros sabemos mucho más de estructuras. Pero bromas al margen, ambos tenemos el privilegio de dirigir dos instituciones sin las que Madrid no se podría concebir. Nuestros egresados han dado forma a esta ciudad y buena parte de este país hasta convertirlo en uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Y hace tiempo ya que trascendieron ese legado y hoy trabajan en equipo en algunas de las obras más admiradas del planeta.

Hay una expresión en inglés cuya traducción al español tal vez no capture toda su profundidad: built environment. Dos palabras sencillas que encierran una idea poderosa: la responsabilidad de imaginar, proyectar, construir y preservar el entorno donde transcurre la vida de las personas. Ahí, en ese espacio donde se encuentran la arquitectura y la ingeniería de caminos —que nos habla, en el fondo, de una manera de habitar el mundo—, justo ahí, la Marca España es, sencillamente, imbatible.

No lo decimos nosotros: lo reconocen las obras, los proyectos, los premios y, sobre todo, el prestigio internacional de nuestras empresas y de nuestros egresados, que colaboran con éxito en los cinco continentes. Son, sois todos, herederos de una de las tradiciones profesionales más admiradas del mundo, una tradición que nace en las aulas de esta universidad y que sigue proyectándose, con fuerza, hacia el futuro.

Siempre te he escuchado decir que desde el primer día de tu mandato te impusiste una misión: llevarte bien con el director de Caminos. Después de casi una década, en tu último acto como director de la ETSAM en esta Escuela, solo puedo decirte: misión cumplida. Muchas gracias, Manolo. Les pido por favor un fuerte aplauso de despedida: a un gran director de la ETSAM, y a un gran amigo de nuestra Escuela.