Madrid desde la Escuela

De la mano de José Antonio Fernández Ordóñez, Antonio López subió por primera vez al Cerrillo de San Blas en el verano de 1965. Desde las ventanas de nuestra Escuela descubrió un Madrid áspero, sin adornos, castigado por el sol del mediodía. “La vista me pareció dificilísima”, pero también le cautivó profundamente. Hasta el punto de pintar tres cuadros desde allí a lo largo de estos 60 años: Madrid hacia el Observatorio 1965-1970, Madrid Sur 1965-1985 y Madrid Sur 2015-2022.

Ese Madrid desde la Escuela no es una postal, no es un Madrid grandioso o grandilocuente. Son solo “casas, casas con ventanas y con puertas y con techos para que la gente se meta dentro”. Una ciudad real, con terrazas vividas, con antenas en las azoteas en las que se refleja el sol cruel del verano. Una ciudad sin pretensiones, “sin narcisismos”, pero con una enorme dignidad. “Era la ciudad que habían hecho las personas para vivir, y a mí eso me conmueve muchísimo”.

Gracias a Patricia Hernández Lamas por convertir en artículo aquella conversación con Miguel Aguiló. Y al Colegio de Ingenieros de Caminos por compartirla en este número de la Revista de Obras Públicas. Creo que captura con acierto un encuentro inolvidable para todos los que tuvimos la oportunidad de estar allí.

https://www.revistadeobraspublicas.com/cultura/un-verano-sin-antonio-lopez-no-es-lo-mismo/

Durante estos últimos años, especialmente en los meses de verano, Antonio ha vuelto a ser un inquilino silencioso y querido de nuestro edificio de Retiro. “Esa escalera la he subido un montón de veces… He disfrutado muchísimo pintando aquí”. Su humanidad, su sencillez y su cercanía han dejado una huella profunda en el personal del edificio hasta el punto de que el final del último cuadro se vivió con emoción contenida.

Justo hace unos días, la Junta de Escuela aprobó por unanimidad dar el nombre de Antonio López al aula desde la que ha pintado aquellos tres cuadros emblemáticos. Un pequeño homenaje que nos recordará el privilegio que tendremos siempre de ver, a través de su pintura, Madrid desde la Escuela.

La historia de Antonio López con la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid es una historia de arte, de amistad y de fidelidad al paisaje madrileño. Una historia que comienza en el verano de 1965 y que, de algún modo, todavía sigue viva entre nosotros.

Fue José Antonio Fernández Ordóñez, ingeniero y gran amigo de Antonio López, quien le descubrió el edificio del Retiro. “Desde las ventanas de las aulas hay una vista de Madrid sumamente interesante”, le comentó. Animado por esa sugerencia, López llegó al edificio en pleno estío madrileño, acompañado por su amigo, y localizó dos aulas con ventanas abiertas hacia el mediodía y el oeste.

Allí, en condiciones que el propio artista recuerda como casi extremas —sin aire acondicionado, bajo un calor aplastante, rodeado de terrazas desiertas y antenas brillando al sol—, Antonio López comenzó a pintar dos grandes cuadros. Uno capturaba el Madrid del mediodía, abrasado y deslumbrante, un paisaje que, según el propio autor, “no era reconocible como Madrid”, pero que representaba la intensidad misma de la ciudad en verano. El otro cuadro miraba hacia el Observatorio, bajo la luz más amable del atardecer, en una representación más clásica y reconocible de la capital.

“La vista del mediodía me pareció dificilísima. Era verano y el sol pegaba desde arriba, de un modo verdaderamente cruel. Lo que se veía eran las traseras de unos edificios modestos y, bueno, toda la ciudad, que se iba sucediendo con zonas sin construir hasta el Cerro de los Ángeles. Recuerdo que las terrazas próximas estaban pobladas de antenas de televisión que brillaban con el sol. Era terrible la sensación de calor espantoso que hacía”. Era un Madrid probablemente “feo y sin gracia, pero la ciudad que habían hecho las personas para vivir, y a mí eso me conmueve muchísimo”. Hasta el punto de pintar tres cuadros desde allí.

El trabajo no fue rápido. Antonio López pintó, dejó las obras durante un tiempo, y volvió a ellas más adelante, reanudando su labor en 1968. Uno de los cuadros, el que mira hacia el Observatorio, lo concluyó en 1970. El del mediodía lo continuó trabajando, con intervalos, hasta 1985.

Décadas después, Antonio López quiso volver a esa misma ventana. Gracias al apoyo de David Fernández Ordóñez, pudo regresar a la Escuela y asomarse otra vez a aquel mirador que había sido tan importante para su trayectoria. La ciudad había cambiado mucho. Donde antes había campos, ahora solo se extendía la urbe, densa y compacta. Pero el impulso creativo seguía intacto: de ese reencuentro nacería un tercer cuadro, terminado en 2022.

Pintar Madrid: un compromiso vital

Antonio López no eligió pintar Madrid porque fuera monumental o vistoso. De hecho, como él mismo reconoce, Madrid no es una ciudad particularmente grandiosa: “Es una ciudad modesta, pero donde me ha pasado la vida”. Su arte, heredero de la tradición española de mirar lo que se tiene cerca —como Velázquez o Sánchez Cotán—, busca la belleza y la verdad en lo cotidiano, en lo que está al alcance de la mano.

Desde el edificio del Retiro, López capturó no una postal de Madrid, sino su verdad más intensa: el calor, la luz despiadada del mediodía, la calma del atardecer, la transformación incesante de la ciudad a lo largo de los años.

La Escuela: algo más que un escenario

El vínculo de Antonio López con nuestra Escuela no es únicamente el de un artista que encontró un buen lugar para pintar. Es el de un amigo, el de un compañero de camino en el compromiso por mirar la realidad sin adornos, pero también sin cinismo.

Durante años, Antonio trabajó entre nosotros, convirtiendo nuestras aulas en talleres abiertos al cielo de Madrid. Su presencia en la Escuela —que él describe con cariño y gratitud— fue, y sigue siendo, un regalo para nuestra comunidad académica. Como recordaban en el evento ViveCaminos23: “Un verano sin Antonio López no es lo mismo”. En ocasiones, la mirada de un artista puede convertir un edificio de aulas y pizarras en un mirador abierto al arte, al tiempo y a la vida.