Incorporación de Javier Llorca al Salón de Personas Ilustres

Buenas días. Bienvenidos / Bienvenidas a la escuela de caminos

Para todos los que formamos esta escuela es un honor muy especial celebrar hoy este acto: la incorporación de D. Javier Llorca Martínez al Salón de Personas Ilustres de la Escuela.

El Salón de Ilustres no es solo un espacio físico ni una galería de retratos. Es algo mucho más profundo. Fue creado por acuerdo de la Junta de Centro allá por 2018, con una finalidad muy concreta: reconocer de manera permanente a aquellas personas formadas o vinculadas a esta Escuela cuya trayectoria profesional, científica o institucional haya alcanzado un nivel de excelencia extraordinaria y haya contribuido de forma relevante al prestigio de la Ingeniería y de la propia Escuela. Es, de alguna forma, un legado, una identidad que representa lo que somos y en lo que creemos.

Su normativa establece un procedimiento formal y exigente. No es un reconocimiento automático ni discrecional. Requiere una propuesta razonada, una valoración institucional y el cumplimiento de criterios objetivos —como premios nacionales o reconocimientos equivalentes— o méritos excepcionales debidamente acreditados. Es, por tanto, una decisión colegiada que responde a estándares claros, muy exigentes y a una voluntad de preservar el significado del reconocimiento.

Además, el Salón tiene vocación de permanencia. La fotografía que hoy incorporamos no es un homenaje efímero. Forma parte del patrimonio simbólico de la Escuela. Cada estudiante que pase por este espacio verá estos nombres y entenderá que la excelencia no es una abstracción, sino una trayectoria concreta, exigente y sostenida en el tiempo.

El Salón de Ilustres no celebra el éxito puntual. Reconoce carreras que han contribuido al avance del conocimiento, al servicio público, a la proyección internacional de la ingeniería o al fortalecimiento institucional de nuestra disciplina. Es, en definitiva, un lugar de memoria activa: memoria que inspira, que orienta y que recuerda cuál es el nivel al que aspiramos.

En el ámbito de la Investigación, uno de los méritos objetivos establecidos es haber recibido el Premio Nacional de Investigación. Javier Llorca recibió el Premio Nacional de Investigación en Ingeniería y Arquitectura Leonardo Torres Quevedo en 2023 por sus contribuciones pioneras a la ingeniería de materiales computacional. Y con ello cumple sobradamente los criterios formales que permiten su incorporación directa a este Salón.

Pero más allá del criterio normativo, lo que hoy celebramos es una vida al servicio de la investigación.

Javier es doctor ingeniero de caminos de nuestra Escuela. Su carrera académica ha estado ligada a nuestro Departamento de Ciencia de los Materiales donde es catedrático desde 1995, y al IMDEA Materiales, centro de investigación que fundó y dirigió, y cuya consolidación y prestigio internacional están profundamente ligados a su liderazgo.

Aprovechando que hoy nos acompañan los actuales directores del Departamento de Ciencia de Materiales y del IMDEA Materiales, no quiero ser yo quien haga hacer semblanza de la trayectoria profesional de Javier, prefiero dejar ese papel a Curro Gálvez y a Jon Molina.

Sí me gustaría hacer una reflexión más personal, desde la perspectiva de alguien que ha tenido la fortuna de ver muy de cerca, durante casi treinta años, la trayectoria académica y humana de Javier.

Hoy, al colocar su fotografía en este Salón, no solo reconocemos sus méritos objetivos. Reconocemos una forma de entender la profesión de profesor universitario: rigurosa, comprometida, abierta al ámbito internacional y profundamente consciente de la dimensión ética de la ingeniería y la investigación.

Javier ha representado durante muchos años una forma muy particular —y poco frecuente en nuestro entorno— de entender la investigación. En cierto sentido, ha sido un investigador con una mentalidad profundamente internacional, muy influida por el modelo académico americano, con todo lo que eso implica: exigencia, meritocracia, ambición intelectual y una enorme intolerancia hacia la mediocridad.

Eso le ha llevado, en no pocas ocasiones, a ir a contracorriente y a enfrentarse a inercias del sistema universitario y científico español. Y seguramente ese camino no siempre ha sido fácil. Corrijo, seguro que ha sido muy difícil. Pero mi impresión, vista con la perspectiva del tiempo, es que después de muchas batallas y no pocas frustraciones, globalmente ha ganado. Has ganado, Javier. Sé que aún son necesarios más cambios, como recientemente le mostraste a la presidenta de la comunidad en la entrega del premio Miguel Catalá. Pero cuando miras atrás, es increíble el camino realizado.

Has ganado porque muchas de las cosas por las que peleaste durante años —la internacionalización, la evaluación rigurosa, la excelencia científica, la construcción de ecosistemas competitivos de investigación— hoy nos parecen normales, incluso inevitables. Y en parte lo son gracias a personas como tú, que estuvieron dispuestas a empujar cuando todavía no era cómodo hacerlo.

Sobre su relación con la escuela, Javier suele decir —medio en serio, medio en broma— que se equivocó de vocación, que quizá la suya no era realmente la de ingeniero de caminos. Pero si algo demuestra su trayectoria es que nunca se equivocó de Escuela. Porque esta Escuela le marcó profundamente y, al mismo tiempo, le dio el espacio intelectual y humano desde el que construir una carrera excepcional.

En mi caso personal, además, ha sido un privilegio poder conocerle en etapas muy distintas. Primero como alumno, después como joven doctorando, más tarde como compañero de departamento y ahora como director de la Escuela, posición esta que me ha permitido entender el enorme valor que su figura tiene para todos nosotros.

Hay algo más que siempre me ha impresionado especialmente de Javier. En una profesión tan técnica como la nuestra, nunca ha entendido la ingeniería únicamente desde el conocimiento o desde la capacidad científica. Ha mantenido una preocupación constante por la ética, por la deontología profesional y por transmitir a nuestros alumnos que ser ingeniero implica también una responsabilidad pública y moral. Y eso, sinceramente, dice mucho de una persona y de cómo entiende su profesión.

Querido Javier, esta Escuela fue parte de tu formación y de tu trayectoria. Hoy tu trayectoria pasa a formar parte permanente de la memoria institucional de la Escuela.

A todos los que estáis aquí presentes, en especial a los amigos del IMDEA que os habéis acercado, gracias por acompañarnos. Vuestra presencia da sentido humano a este acto. Porque detrás de cada carrera profesional sólida hay muchos apoyos silenciosos, ilusiones compartidas y amistades que sostienen.

Nuestra profesión puede ser exigente, competitiva y compleja. Pero, de vez en cuando, nos ofrece el privilegio de reconocer a quienes han sabido ejercerla con excelencia y con humanidad. Javier es, sin duda, uno de ellos.

Querido Javier, hoy tu fotografía pasa a formar parte del Salón de Ilustres. Tu presencia en esta Escuela forma parte ya de algo más profundo: de la memoria viva y agradecida, de un legado.

Enhorabuena. Es un honor para la Escuela, y es una alegría sincera para todos nosotros.

Muchas gracias.