Despedida de Felipe Gabaldón

En mi época, Mecánica tenía más de mil matriculados. No cabíamos en el aula de exámenes. Había incluso un test previo para decidir quién podía presentarse al primer parcial. Tiempos salvajes, donde ni siquiera examinarte lo tenías garantizado.

Recuerdo perfectamente el aula 27 llena hasta la bandera. Gente sentada en las escaleras porque había un profesor extraordinario explicando problemas de Mecánica. Guardo en la memoria esa imagen: aquella aula mítica de pizarras interminables, más de 350 chavales, sudando en verano, helados en invierno, y todos callados, atentos a un tipo que hablaba de los multiplicadores de lagrange y cosas así… y lo entendías.

Hace un rato Felipe Gabaldón ha dado su última clase en CaminosUPM. Hay algo especialmente conmovedor en que el último acto importante de un profesor no sea una ceremonia ni un reconocimiento institucional, sino entrar una vez más en un aula y dar clase.

Hoy podría hablar también del compañero de equipo de dirección, de los viajes a Argentina, de su incurable fe rojiblanca, de nuestra común adoración por Van Morrison, de las cañas en el Cantábrico,… Pero hoy todo eso queda en segundo plano.

Hoy, sobre todo, había un Profesor en la sala.