“Hoy empieza todo” es una vieja película de Bertrand Tavernier que habla de una escuela infantil pública en un entorno muy deprimido. El director del colegio, Daniel Lefebvre, está obligado a responder ante la administración, pero su responsabilidad moral está con las personas y con el conocimiento
Durante toda la película mantiene una batalla permanente con la administración y la burocracia educativa. No reclama autonomía ni libertad con grandes palabras. Pide algo mucho más concreto: margen para poder cumplir la misión educativa frente a problemas sociales que el sistema no comprende o no quiere comprender. La escuela se ve obligada a sostener por sí sola una parte del mundo que se derrumba y él sabe perfectamente que no le corresponde. Y, sin embargo, continúa
No hay palabras grandilocuentes ni música solemne. Solo cansancio. La grandeza de Tavernier es que no idealiza la institución. La muestra agotada, mal financiada y llena de contradicciones. Pero a la vez irrenunciable por lo que representa: la transmisión cultural, la igualdad de oportunidades y la dignidad intelectual
Suelo recurrir a esa imagen cuando quiero hablar de la libertad académica, porque en ella es claro algo que solemos olvidar en nuestros discursos: el propósito
El 20 de mayo se celebró el “International Academic Freedom Day” y numerosas instituciones por todo el mundo aprovecharon para reivindicar la autonomía universitaria y la libertad académica como pilares esenciales de las sociedades democráticas. Cuando las universidades hablamos de estas cosas solemos hacerlo en términos grandilocuentes, etéreos y autorreferenciales. Con una educación superior cada vez más sometida a lógicas de mercado, creo que, desde fuera, esos discursos suenan más a defensa de privilegios corporativos que a la protección de un bien común
Cuando comencé como vicerrector, recuerdo que las universidades africanas estaban conmemorando el 25 aniversario de la Declaración de Kampala. Aprobada en 1990, en un contexto de autoritarismo, censura y descolonización, lo curioso es que no se limitaba a defender la universidad frente al intrusismo político, sino que introducía una idea poderosa: la libertad académica y la responsabilidad social son inseparables. Una lección
Ese matiz es fundamental porque responde a la pregunta clave: ¿libertad para qué? La autonomía universitaria no nació para proteger un privilegio corporativo ni para garantizar el aislamiento de la institución frente a la sociedad. Nació para proteger una misión pública y está indisolublemente ligada a un compromiso
Dicho de otra forma: la autonomía universitaria no nació para que la universidad pudiera hacer lo que quisiera, sino para que pudiera hacer lo que debía. No consiste únicamente en elegir autoridades o gestionar presupuestos. Consiste en preservar la capacidad de actuar conforme a una misión intelectual y humana, incluso cuando las lógicas burocráticas, políticas o económicas empujan en sentido contrario. Por eso es clave, hoy