Afronto el último hito de estos meses intensos y atípicos, en los que me he tenido que apartar en parte del día a día de la Escuela: las elecciones a director
Casi sin darnos cuenta, han pasado cuatro años. Tiene algo de extraño hacer campaña entre compañeros y amigos, más aún siendo candidato único. Pero es lo que toca: hacerlo con la seriedad y el respeto que merece. A partir del 28 podré volver a centrarme por completo en la dirección y, si la Escuela así lo decide, seguir un tiempo más tratando de contribuir a mejorarla
Lo bonito de la memoria es que no la puedes controlar. Me viene ahora la imagen de una comida con Luis Maldonado, añorado director de Arquitectura, y mi compañero del metal, Fernando Vela. Yo era entonces vicerrector y recuerdo cómo Luis me explicó, con ese señorío tan suyo, la diferencia entre un cargo electo y uno que no lo es. La legitimidad que da una elección exige exposición, exige poner la cara, exige —en cierto modo— desnudarse para que otros opinen sobre ti, aunque sea en un ámbito cercano como es una Escuela. Si te toca hacerlo un par de veces en la vida, puede incluso ser una experiencia que te hace crecer. Más allá de eso, impone… Acabas mirando con más de respeto a quienes se mueven en ese terreno de forma permanente
Luego está algo más difícil de explicar: el significado que las cosas acaban teniendo para cada uno. Mis amigos, muchos de ellos compañeros de estudios de la Escuela, nunca me han tomado demasiado en serio, lo cual es muy de agradecer. Recuerdo que cuando me nombraron vicerrector me lo dejaron bastante claro: “cuando seas director de la Escuela, avisa; mientras tanto, no molestes”. Estos últimos cuatro años se lo he puesto un poco más difícil
Digo esto porque hay una dimensión emocional de la que es difícil escapar cuando algunos hablamos de la Escuela. Para otros serán otras escuelas, u otras cosas. Al final es ese algo con el que tienes un vínculo. No es por el cargo, ni por el nivel, ni como plataforma para otra cosa. Hay, sin duda, responsabilidades mucho mayores o posiciones más relevantes para eso. Es por su significado. Y es personal
“La política se hace con la cabeza, pero no solo con la cabeza”. Max Weber hablaba de la necesidad de encontrar un equilibrio entre lo que él llamaba la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. En ese sentido, presentarse a una reelección no es una decisión del todo racional. Es, más bien, la suma de varias cosas: entender que uno todavía tiene algo que aportar aquí, que mantiene la energía para hacerlo y, sobre todo, que le sigue importando
Lo que sí sé es que, siga yo o no, la Escuela se ha puesto de pie después de una época muy dura, ha recuperado su senda de crecimiento, ha dejado atrás ciertas inercias y, precisamente por eso, no es momento para la complacencia, sino para la ambición. Porque, en el fondo, de lo que se trata es de estar a la altura: de lo que la Escuela merece y de lo que la sociedad necesita de ella. Y eso nos exige más