Enhorabuena, Rectora. Suerte en el camino, amiga.

Enhorabuena, Rectora. Suerte en el camino, amiga.

Hace diez años, la nueva rectora de la Universidad de Sevilla y yo compartíamos algo más que cargos académicos; compartíamos vuelos interminables, pastillas de melatonina y una visión esperanzada del mundo como vicerrectores de internacionalización. Hoy, mientras celebro su toma de posesión con un inmenso orgullo, no puedo evitar sentir una cierta melancolía. Es esa sensación agridulce que surge al mirar atrás y darte cuenta de cuánto ha cambiado el paisaje que nos rodea.

A veces, los sellos en el pasaporte cuentan la historia mejor que cualquier análisis académico. En aquellos años, viajábamos con asiduidad a Estados Unidos, a China y a Rusia, convencidos de que allí residían las mejores oportunidades tecnológicas. Era, por así decirlo, el mapa natural de la cooperación. Recuerdo visitar Siberia en pleno invierno, lugares que hoy permanecen cerrados a cal y canto para occidente, o viajar a Irán con la firme convicción de que se abriría al mundo y de que sus extraordinarias universidades serían socios invaluables. Cuesta creerlo desde la óptica actual, pero aquel era un análisis razonable en un tiempo en el que la colaboración parecía la forma natural de respirar de la universidad.

 Un mundo fragmentado y el fin de la inocencia

Diez años después, el escenario es irreconocible. De Irán ni siquiera hablamos. Con Rusia, el contacto institucional se rompió abruptamente y, con él, se silenciaron relaciones humanas que tardamos años en construir. Es doloroso ver cómo la confianza, que no nace de la firma de un convenio sino de incontables horas de conversación y viajes compartidos, se desvanece bajo el peso de la política internacional.

Incluso con China, un socio con el que seguimos colaborando, la atmósfera ha cambiado radicalmente. Cada conversación está ahora marcada por el escrutinio: el doble uso de la tecnología, la inteligencia artificial, la ciberseguridad. Las áreas seguras para la colaboración se estrechan cada día más, mientras que las zonas grises se expanden, obligándonos a caminar con pies de plomo.

A esto se suma la situación con Estados Unidos, donde los cambios políticos y una creciente incertidumbre regulatoria han generado un contexto menos previsible. Lo que antes era un camino despejado, hoy exige una cautela constante. La internacionalización universitaria ha dejado de ser un simple ejercicio de apertura y diplomacia blanda para convertirse en un complejo proceso de navegación estratégica y gestión de riesgos.

 Cuando la diversificación se convierte en riesgo sistémico

Mientras los mapas políticos se redibujaban, los flujos internacionales de estudiantes entraban en una era de profunda disrupción. El Brexit, la pandemia global y las políticas migratorias cambiantes han roto por completo el delicado equilibrio que sostenía la movilidad académica.

Países que durante décadas construyeron su fortaleza universitaria sobre la llegada masiva de estudiantes extranjeros —pensemos en Canadá, Estados Unidos, Australia o el Reino Unido— están descubriendo ahora una verdad incómoda: lo que parecía una estrategia de diversificación inteligente es, en realidad, una dependencia estructural peligrosa. Para ellos, la internacionalización ha dejado de ser una ventaja competitiva para convertirse en un riesgo sistémico.

Ciudades universitarias como Madrid o Sevilla tienen ante sí una oportunidad innegable en este nuevo escenario. Sin embargo, deben afrontar una decisión crucial: buscar el éxito rápido, basado en cifras y volumen, o construir un modelo resiliente que preserve la autonomía y la estabilidad a largo plazo. Hay lecciones profundas en lo que está ocurriendo en el mundo anglosajón, y haríamos bien en prestar atención.

 La nueva competencia esencial: aprender geopolítica

Hoy, las universidades, y muy especialmente las tecnológicas, necesitamos aprender geopolítica con la misma urgencia y dedicación con la que antes aprendíamos idiomas. Ya no basta con ser excelentes en la docencia o en la investigación; necesitamos entender las corrientes subterráneas que mueven el mundo para no naufragar en ellas.

Las relaciones internacionales se construyen muy despacio, con la paciencia del artesano, pero se pueden perder en un instante. Con Carmen aprendí mucho de ese oficio silencioso de tejer alianzas, y me siento profundamente orgulloso de que nuestras universidades fueran aliadas en aquellas aventuras. Aunque el mundo universitario de hoy es más incierto, exigente y áspero, sigue siendo apasionante. Pero es innegable que nosotros vivimos un tiempo privilegiado en el que la colaboración era, sencillamente, la norma.

 Un liderazgo para tiempos inciertos

Ver a una amiga y compañera asumir el liderazgo de una gran universidad pública en un momento histórico tan complejo emociona y reconcilia con la vocación académica. Pese a todas las dificultades, la universidad sigue llevándonos, casi sin avisar, a lugares que nunca imaginamos.

Carmen se convierte en la primera rectora en 520 años de historia de la Universidad de Sevilla. Es un hito que trasciende lo simbólico y habla de capacidad, resistencia y visión.

Bravo, Carmen. Y mucha suerte, amiga.