Probablemente el proyecto más bonito en el que he tenido el privilegio de trabajar estuvo ubicado en Marruecos. Sin embargo, nunca aparecerá en mi currículum. Pero es, paradójicamente, el que más he analizado en la intimidad y del que sigo extrayendo las lecciones más valiosas, incluso hoy.
Solemos llenar nuestras cartas de presentación de éxitos, ya sean pequeños o monumentales. Es una reacción humana y profesional completamente lógica, especialmente en un sector tan exigente y competitivo como el de las infraestructuras. Pero lo que más pesa en la mochila que arrastramos, lo que de verdad nos define como ingenieros y como personas, son los fracasos. Uno carga sobre todo con ellos. Y cuando encuentras el valor suficiente para mirarlos de frente, comprenderlos y sacar conclusiones honestas, descubres que no hay mejor escuela.
Esta reflexión no nace en el vacío. Hace poco, gracias a Juan Carlos Bravo Recio, tuve la oportunidad de ver la presentación que hizo Joaquín Hita en una jornada del Colegio de Caminos. Me cautivó, en especial por la forma suave, elegante y respetuosa con la que lograba transmitir un mensaje que a muchos nos resulta sumamente incómodo: quizá, como colectivo, nos falta una dosis de autocrítica.
La paradoja de nuestra excelencia
Vivimos inmersos en una paradoja que rara vez nos atrevemos a formular en voz alta, quizá por miedo a desestabilizar el frágil orgullo que compartimos. España es, indiscutiblemente, una referencia mundial en ingeniería civil. Nuestros profesionales dirigen y ejecutan las obras más complejas en todos los continentes. Pero mientras construíamos ese prestigio internacional, levantando puentes y perforando túneles más allá de nuestras fronteras, algo debió fracturarse en los cimientos de nuestra propia casa.
El atractivo y la relevancia social de nuestra profesión aquí, en nuestro país, han pasado por horas muy bajas. Nos hemos sentido maltratados, incomprendidos por una sociedad que a menudo percibe las obras públicas como molestias o polémicas, ignorando el inmenso impacto positivo que tienen en la vertebración y el bienestar del país. Es cierto que, poco a poco, estamos volviendo a ponernos en pie. Esa es una buena noticia que habla de la profunda fortaleza y resiliencia de la profesión. Pero me pregunto, con sincera preocupación, si realmente hemos extraído las enseñanzas correctas de esta larga travesía por el desierto. Existe un riesgo inmenso en volver exactamente iguales a como éramos antes de caer.
El relato de la crisis de 2010
Para entender nuestra situación actual, es imperativo mirar hacia atrás. La crisis de 2010 no fue únicamente un colapso económico que paralizó las inversiones y secó los presupuestos de las administraciones públicas. Fue, sobre todo, una crisis de percepción.
En el imaginario colectivo, la ingeniería civil quedó irremediablemente asociada a un modelo que se percibía como agotado. Nos vincularon al exceso de infraestructuras, al despilfarro de los recursos públicos, a la connivencia con las altas esferas del poder político y a un ansia de crecimiento sin límites. Quienes trabajamos proyectando y construyendo sabemos que esa lectura es profundamente injusta y simplista, lo creo firmemente, pero debemos admitir que fue extremadamente eficaz como relato social. Caló en la opinión pública de forma devastadora.
Y lo más grave fue nuestra respuesta. Como sector, no supimos —o quizá no quisimos— construir una contranarrativa sólida, transparente y cercana. Mientras tratábamos de sobrevivir individualmente en medio del desastre, salvando nuestras empresas o buscando oportunidades en el extranjero, nos volvimos invisibles como colectivo. Renunciamos a explicar a la sociedad el valor real de nuestro trabajo.
El peligro de la autocomplacencia y la memoria selectiva
Han pasado quince años desde aquel punto de inflexión, y seguimos escribiendo relatos hagiográficos sobre nuestra propia profesión. Nos gusta recordar a los grandes ingenieros del pasado, rememorar las hazañas técnicas que transformaron el paisaje y celebrar nuestra capacidad para dominar las fuerzas de la naturaleza. Estos relatos cumplen una función identitaria innegable, sin duda. Nos cohesionan y nos recuerdan de dónde venimos.
Pero cuando la historia se convierte únicamente en un ejercicio de celebración y nostalgia, deja de poder llamarse historia. Se transforma en un mito paralizante. Necesitamos dejar de hablar exclusivamente para nosotros mismos y comenzar a escuchar las demandas de un entorno que ha cambiado radicalmente.
Más allá de la brillantez técnica
En nuestro campo, es perfectamente posible ser técnicamente excelente y, al mismo tiempo, socialmente irrelevante. No hay ninguna contradicción en ello. Un proyecto puede tener un cálculo estructural impecable, utilizar los materiales más innovadores y cumplir con todos los plazos, pero si la sociedad no comprende su propósito o siente que se ha impuesto sin diálogo, el éxito es incompleto.
No se trata, bajo ningún concepto, de cuestionar la excelencia técnica que siempre ha definido a la ingeniería de caminos española. Ese rigor sigue siendo irrenunciable; es el núcleo de nuestra identidad y la garantía de la seguridad pública que juramos proteger. Sin embargo, debemos asumir que, en un entorno global cada vez más complejo, incierto y tensionado, dominar la técnica ya no es suficiente.
El futuro de nuestra profesión dependerá, en igual medida, de nuestra fortaleza técnica y de nuestra madurez ética, social y humana. Necesitamos cultivar la empatía institucional y la capacidad para hacernos escuchar, comprender y reconocer por la sociedad a la que, en última instancia, servimos.
Mirar al futuro desde la humildad
No hay mejor escuela que los errores mirados de frente, sin discursos épicos ni excusas prefabricadas. Quizá en nuestro currículum colectivo lo que deba figurar en letras grandes es que la ingeniería civil española es una referencia técnica internacional. Pero me atrevería a decir que nuestro mayor valor actual es otro, y lo tenemos mucho más cerca si sabemos reconocerlo con humildad. Nuestro verdadero patrimonio reside en aprender de una experiencia traumática que muy pocas profesiones han vivido con tanta intensidad. Asumir nuestros fallos de comunicación, entender nuestra responsabilidad social y comprometernos con una ética profesional intachable es el único camino para asegurar que las infraestructuras del mañana no solo conecten territorios, sino también a las personas que los habitan.