He sido la primera generación de mi familia en llegar a la universidad. A mis padres, como a tantos otros de su época, les habría encantado estudiar y recorrer los pasillos de una facultad. En la familia de mi padre sencillamente no había recursos para permitirse ese anhelo; en la de mi madre sí los había, pero continuar formándose no era una opción contemplada para las chicas. De algún modo, ambos vivieron su sueño en mí.
Ese peso emocional, esa responsabilidad silenciosa, es algo que te acompaña y moldea tu mirada sobre el mundo. La educación superior no es únicamente un mecanismo de transferencia de conocimientos o un espacio para adquirir competencias profesionales. Es, en su esencia más profunda, un ascensor vital y un lugar donde las biografías se reescriben.
Comprender la magnitud de este impacto nos obliga a mirar la educación desde una perspectiva más humana. Nos invita a reflexionar sobre qué valores sostienen realmente a nuestras instituciones y por qué la equidad, lejos de ser un concepto anticuado, debe ser el pilar que dé sentido a todo lo demás.
Los primeros pasos en la Escuela de Caminos
Recuerdo con absoluta nitidez mis primeros días en la Escuela de Caminos. Era un entorno inmenso, imponente y, en cierto modo, abrumador. No conocía a nadie. Al mirar a mi alrededor, descubría a compañeros que, como yo, eran de primera hornada universitaria. Junto a nosotros se sentaban hijos y nietos de ingenieros que conocían la profesión desde la cuna, así como jóvenes provenientes de familias con muchos recursos. Éramos profundamente diferentes en origen, en costumbres y en forma de pensar. Hoy, décadas después, seguimos siendo amigos, muy amigos.
Quizá para algunos de ellos estudiar fuera más fácil que para mí, precisamente por ese origen y esa familiaridad con el entorno académico. No lo sé con certeza, porque la verdad es que nunca tuve esa sensación. Lo que sí recuerdo es entrar en aquella enorme aula de exámenes, con el silencio cortándose en el aire, y percibir exactamente lo contrario: allí dentro todos éramos iguales. El papel en blanco no entendía de apellidos ni de códigos postales.
Tampoco quiero caer en la trampa de idealizar aquella España de los años noventa. Quedaba muchísimo por hacer en términos de igualdad, de verdadera inclusión y de modernización social. Pero recuerdo bien que la equidad era un valor palpable, un horizonte hacia el que caminábamos. Y la universidad pública lo representaba con orgullo.
El espejismo de la excelencia
Por todo esto, me inquieta escuchar hoy la palabra «excelencia» repetida como un eco constante, casi como si fuera lo único que da sentido a la universidad moderna. Hablamos incesantemente de excelencia en investigación, de excelencia en los rankings internacionales, de excelencia en la captación de talento. Es un discurso deslumbrante que, sin embargo, a menudo olvida sus propios cimientos.
El talento es verdaderamente universal; germina en cualquier barrio y en cualquier circunstancia. Las oportunidades, por desgracia, no lo son. Solo cuando garantizamos oportunidades reales y tangibles a todos, independientemente de su punto de partida, podemos hablar con honestidad de mérito y, solo después, de excelencia.
La equidad, por sí sola, no garantiza la excelencia académica, es cierto. Pero la excelencia sin equidad es una palabra completamente vacía. Se convierte en un filtro elitista que premia la ventaja previa disfrazándola de capacidad intelectual.
Una tensión democrática constante
Algunos teóricos y gestores sostienen que defender la equidad fue estrictamente necesario en el pasado, cuando amplias capas de la sociedad no accedían a la universidad, y argumentan que hoy ya no estamos en esa casilla de salida. Yo diría, por el contrario, que la equidad nunca fue una medida coyuntural para resolver un problema temporal, sino una regla del juego justa, compartida y permanente. Y no cambia de naturaleza simplemente porque cambie el rostro de quien la necesita.
Cuando se baja al terreno de la gestión cotidiana, a las aulas y a los despachos, la equidad deja de ser un ideal poético y se vuelve incómoda. Exige esfuerzo. Hoy, además, las desigualdades económicas se entrecruzan y se enredan con brechas culturales, religiosas, de género, lingüísticas o digitales. No hay recetas mágicas para resolver esta amalgama de desafíos, y conviene desconfiar de los discursos radicales que afirman tenerlas.
La búsqueda de la equidad es, más bien, una tensión permanente. En una institución grande, compleja y viva, uno comete errores casi cada día intentando equilibrar la balanza. Pero sigue siendo una tarea irrenunciable. No lo hacemos por nostalgia de tiempos pasados o por meros principios teóricos. Vivimos en un momento histórico en el que la desigualdad vuelve a crecer en muchas de las democracias avanzadas. Y esa dinámica es, silenciosamente, el cáncer de una sociedad democrática. La historia nos lo ha enseñado con crudeza. Necesitamos aferrarnos a instituciones que encarnen la equidad de manera tangible, como una promesa compartida que nos une.
El verdadero sentido de la universidad pública
Conservo, quizá ingenuamente, esa visión transformadora de la universidad pública. No la veo primariamente como una organización que compite en rankings globales, elaborando métricas para escalar posiciones en listas abstractas, sino como aquello que hizo posible mi propia biografía y la de miles de personas.
Por eso creo en ella, profunda y sinceramente. Quiero pensar que, con nuestros fallos, con nuestras contradicciones y nuestros retos pendientes, la Escuela es, ante todo, un lugar donde el punto de partida no determina el destino. Un espacio donde el mérito puede ser real y palpable. Y donde, precisamente por haber nivelado el terreno de juego, hablar de excelencia tiene sentido.