Fricción y homeostasis, el mundo de las ballenas

En los últimos meses, las noticias sobre la educación superior en el Reino Unido nos devuelven una imagen inquietante. Las universidades británicas, referentes globales durante décadas, se enfrentan a unas turbulencias sin precedentes. Los problemas económicos, los recortes drásticos de presupuesto y las fusiones forzadas llenan los titulares de la prensa especializada. Sin embargo, más allá de la crisis financiera, hay un cambio de paradigma que resulta mucho más alarmante: la discusión pública se centra casi exclusivamente en la protección del cliente y la viabilidad del modelo de negocio.

Me impresiona profundamente cómo el propio regulador del sistema británico ha comenzado a referirse a estas instituciones centenarias como higher education providers (proveedores de educación superior) o, directamente, service providers. Desde un punto de vista estrictamente técnico y legal, la denominación es correcta. Desde un punto de vista conceptual e intelectual, es devastadora para quienes dedicamos nuestra vida a la academia.

Estamos asumiendo, casi sin oponer resistencia, un lenguaje que no tiene nada de inocente. En este nuevo marco léxico, el estudiante se transforma en un cliente, la educación superior se reduce a un servicio puramente transaccional y el título universitario se convierte en un producto de consumo. En esa lógica implacable de mercado, el éxito se mide por la satisfacción inmediata y la eliminación sistemática de cualquier obstáculo en el camino del usuario. Pero aprender de verdad, transformar la mente y adquirir una profesión compleja, es otra cosa muy distinta. Requiere esfuerzo continuo, resistencia a la frustración, fracaso y, sobre todo, mucho tiempo. En definitiva, requiere fricción.

El valor incalculable de la fricción en la educación superior

Fricción es, probablemente, una de las palabras más importantes y menos comprendidas en el debate actual sobre la educación. Sin fricción no hay un aprendizaje profundo, sino un mero consumo pasivo de contenidos empaquetados. Cuando hablamos de profesiones altamente reguladas, como la ingeniería que enseñamos en la Universidad Politécnica de Madrid, o la medicina, esa fricción no es un defecto de diseño del sistema, como nos quieren hacer creer los defensores de la eficiencia mercantil. Es, de hecho, el mecanismo fundamental que protege a la sociedad.

 

No aspiramos a ser un filtro elitista, pero sí exigente. Buscamos estudiantes con la determinación, la madurez y la vocación necesarias para afrontar una de las formaciones universitarias más rigurosas y completas. Nuestro valor no ha estado nunca en competir por cifras de retención a corto plazo, sino en formar a personas con vocación, disciplina, capacidad de adaptación y una sólida base técnica. Rebajar la exigencia para mejorar las métricas de satisfacción del «cliente» equivale a desproteger las infraestructuras que sostendrán el futuro de nuestros ciudadanos.

Homeostasis institucional frente a la transición tecnológica

Recientemente, me llamó poderosamente la atención un artículo de investigación publicado en arXiv por H. R. Paz (2026), titulado Homeostasis Under Technological Transition. En este estudio, tras analizar cuatro décadas de datos longitudinales en una gran universidad pública, el autor llega a una conclusión reveladora: las «viejas» universidades públicas operan como sistemas de alta fricción. Su forma de adaptarse a los cambios tecnológicos masivos no pasa por reconfigurar frenéticamente su oferta académica al dictado de las modas del mercado, sino a través de un mecanismo de «homeostasis institucional».

La homeostasis es la capacidad de un sistema para adaptarse al entorno preservando, al mismo tiempo, su legitimidad, su estructura interna y sus estándares profesionales. Esta estabilidad no debe confundirse jamás con el inmovilismo. Es una conservación activa. El estudio de Paz demuestra que la rigidez aparente de los planes de estudio en ingeniería —con sus horas mínimas exigidas y su intensidad práctica obligatoria— no es una anomalía burocrática. Es el resultado predecible de un sistema que ha sido optimizado históricamente para priorizar la estabilidad, el rigor y la supervivencia a largo plazo por encima de la respuesta reactiva a las demandas efímeras del mercado.

El mito de la obsolescencia y la lección de las ballenas

Pensar en la homeostasis, me lleva a las ballenas, me fascinan desde siempre. Son, en el mundo natural, el ser homeostático por excelencia. Estas criaturas colosales atraviesan aguas polares heladas y mares tropicales templados; bucean a profundidades extremas donde la presión aplastaría cualquier estructura moderna, migran miles de kilómetros cada año y, aun así, mantienen intacto su equilibrio interno.

A simple vista, parecen animales de otro tiempo, reliquias lentas de un mundo primigenio. Sin embargo, poseen una capacidad de adaptación asombrosa. Durante gran parte del siglo XX, la narrativa dominante sostenía que las ballenas estaban desapareciendo de nuestros océanos simplemente porque su tiempo evolutivo había pasado, porque no podían competir en el mundo moderno. No era verdad. La realidad era mucho más cruda: las estábamos matando a escala industrial.

La salvación llegó cuando la Moratoria global de la caza comercial de ballenas entró en vigor en 1986. Fue una decisión de política internacional sorprendentemente simple en su concepción: parar. Dejar de cazarlas. Darles tiempo. Confiar en la fuerza biológica de la especie. Y funcionó de manera espectacular. Algunas especies, que rozaron la extinción, han recuperado ya el cien por cien de la población que tenían en el año 1900.

Décadas después de aquella moratoria, la ciencia nos ha enseñado algo aún más profundo sobre estos gigantes marinos. No solo no había pasado su tiempo, sino que los necesitamos desesperadamente. Las ballenas capturan toneladas de carbono de la atmósfera, fertilizan los océanos con sus nutrientes y favorecen la proliferación del fitoplancton, que es la base absoluta del sistema marino y uno de los grandes pulmones del planeta. Hoy sabemos con certeza que la Moratoria de 1986 no solo salvó a las ballenas; ayudó de manera crítica a estabilizar el océano y el clima de toda la Tierra.

Una moratoria necesaria para la universidad pública

En los foros de política educativa y en los despachos donde se deciden las reformas, es muy frecuente escuchar un argumento dolorosamente familiar: se dice que las grandes universidades públicas son lentas, burocráticas e incapaces de adaptarse a las nuevas necesidades del mercado laboral. Se repite, como un eco persistente, que su tiempo ha pasado.

Al escuchar estas afirmaciones, debemos hacernos la misma pregunta que nos hicimos con los gigantes del océano: ¿Es eso verdad, o las estamos matando asfixiándolas con recortes, métricas de mercado y un lenguaje que destruye su propósito fundacional?

Quizá las universidades públicas, pilares de la investigación independiente y garantes de la igualdad de oportunidades, necesitan su propia moratoria a nivel mundial. Necesitamos un tiempo fuera de la lógica implacable del mercado, un respiro de la obsesión por la satisfacción inmediata del alumno-cliente y una renuncia consciente al lenguaje de los proveedores de servicios. Debemos confiar en su fuerza institucional, en esa homeostasis que ha permitido a la academia sobrevivir a imperios, guerras y revoluciones industriales. Al igual que las ballenas, las universidades públicas «capturan el carbono» de la desigualdad, fertilizan el ecosistema del conocimiento y sostienen la base democrática de nuestra sociedad.

El horizonte desde Nantucket: resistir y perdurar

Hace algunos años, tuve la oportunidad de hacer un viaje por carretera desde la ciudad de Boston recorriendo los antiguos territorios balleneros. Crucé la península de Cape Cod hasta tomar un ferry para llegar a Nantucket, la histórica isla de Massachusetts y el mítico puerto desde el cual zarpaba el ballenero Pequod en las páginas inmortales de Moby Dick.

Hoy en día, el panorama es radicalmente distinto al que describió Herman Melville. Los imponentes barcos balleneros de madera han desaparecido por completo de sus muelles. En su lugar, Nantucket compite ferozmente en la actualidad por tener el metro cuadrado de propiedad inmobiliaria más caro de todos los Estados Unidos, convertido en un paraíso vacacional para las élites financieras.