Discurso de Toma de Posesión 24/6/26

Sr. Rector, Secretaria General, Rector Cisneros, directores y directoras de escuelas, Delegado de Alumnos de la UPM, Presidente y Decana del Colegio de Ingenieros de Caminos, autoridades académicas de la UPM y de otras universidades, queridos amigos:

Lo primero que quiero hacer es agradeceros vuestra presencia hoy aquí. Para mí tiene un enorme significado.

Le propuse al rector que este fuera un acto sencillo, casi íntimo, ya que no estamos ante un cambio de dirección, sino ante la continuidad de un proyecto. Pero creo que se nos ha ido de las manos.

También me hice la promesa de preparar un discurso corto. Y confieso que lo he cumplido, a medias. Al menos será más corto que el de hace 4 años. Lo cierto es que por mucho que quieras evitarlo, este es un día con una fuerte carga emocional.

Mientras preparaba estas palabras, también me di cuenta de que es muy posible que sea el último acto de estas características que se celebre en nuestra universidad.

La nueva legislación establece mandatos únicos de seis años para los directores de escuela. Yo pertenezco a la última generación de directores que ha tenido la posibilidad —y también la obligación— de someterse a un refrendo intermedio de su gestión. Y si no me equivoco, después de las renovaciones de JJ, José Manuel, Manolo y Patxi, soy el último que pasará por este proceso. Last of my kind.

Presentarse de nuevo ante la comunidad universitaria después de cuatro años para renovar la legitimidad de tu proyecto no es un trámite cómodo. Pero, después de haber pasado por ello, creo que es una experiencia de la que se aprende mucho. Por eso quiero aprovechar este momento para agradecer sinceramente a todos los que habéis participado en las recientes elecciones de la escuela.

A quienes me habéis apoyado, gracias por vuestra confianza. A quienes no lo habéis hecho, gracias también. Porque la discrepancia, cuando nace del compromiso con la institución, no debilita la universidad: la mejora.

Recibo este resultado con gratitud y con humildad. Con gratitud por la confianza y el respaldo recibidos. Y con humildad porque sé que esa confianza no es un voto en blanco, sino una responsabilidad renovada.

AGRADECIMENTOS

Me gustaría dedicar ahora unos minutos a reconocer a quienes sostienen buena parte de lo que hacemos en esta Escuela y, muy particularmente, a quienes me sostienen a mí en esta responsabilidad.

El primero de esos pilares es, sin duda, mi equipo de dirección. Lo conseguido durante estos años es el resultado de un esfuerzo colectivo y de un equipo de subdirectores y subdirectoras extraordinario.

Gracias a Alex, Encarni, Vicente, Miguel, Manolo, Marcos, Nacho y David Santillan por vuestra lealtad, vuestro trabajo y vuestra forma de entender el servicio a la Escuela. Gracias también a Curro y a Miriam por aceptar el testigo en esta nueva etapa. Gracias a David Cendón por la magnífica labor realizada que, estoy seguro, continuará ahora desde la dirección del Departamento de Ciencia de Materiales. Y gracias a Maribel. Te seguimos echando mucho de menos.

Detrás del equipo de dirección hay muchas personas que, bajo la batuta de nuestro Administrador, hacen posible que la Escuela funcione cada día. Con los inevitables líos y sobresaltos de una institución grande como la nuestra, somos esencialmente una Escuela tranquila. Gracias a todos por hacerlo posible.

El segundo pilar son las fundaciones que apoyan a la Escuela y que hoy quiero personificar en Joselu, Daniel y Alberto. La universidad pública tiene enormes fortalezas, pero también limitaciones. La Fundación Agustín de Betancourt y la Fundación Entrecanales nos permiten impulsar proyectos, asumir retos y llegar donde la estructura ordinaria no puede hacerlo. Gracias por vuestro apoyo constante y por creer tanto en esta Escuela.

Y el tercer pilar son Ana y Rosa. Me cuidáis cada día, con una naturalidad, una discreción y una generosidad imposibles de agradecer suficientemente. Después de estos años me resulta difícil, diría que imposible, imaginar la dirección sin vosotras. Gracias por seguir acompañándome en esta aventura.

Quiero acordarme también hoy de mi familia, de las dos Anas que llenan mi vida. Con los años uno aprende cuáles son las cosas que de verdad importan. Y si hoy sigo aquí, aceptando de nuevo esta responsabilidad y afrontando con ilusión los próximos años, es sencillamente porque ellas me lo permiten, porque aceptan compartir lo que en realidad les pertenece.

El futuro de la escuela

Me gustaría dedicar ahora unos minutos a hablar del futuro. No tanto de proyectos concretos o de objetivos para los próximos años. Eso ya estaba en el programa electoral.

Más bien, de las ideas que hay detrás. De las preocupaciones, las convicciones y las preguntas sobre las que intento construir mi visión sobre la Escuela y la universidad. Si queréis, de mi back office.

Para ello voy a intentar esbozar brevemente la respuesta a tres cuestiones que para mí son claves: el desafío que tenemos por delante, las fortalezas con las que contamos para afrontarlo y el camino que estamos recorriendo.

¿Cuál es el principal desafío que enfrentamos?

Lo creía ya hace cuatro años, y es cada vez más claro ahora. Para mí, el gran reto de los próximos años será preparar a la Escuela para la transformación que la inteligencia artificial va a provocar en la universidad y en la ingeniería.

Muchos de los que estamos aquí vivimos el proceso de Bolonia. Entonces pensamos que estábamos ante un cambio histórico. Y lo era. Pero Bolonia cambió, sobre todo, la forma de organizar los estudios. Aunque pretendía más cosas, creo que se quedó fundamentalmente en eso.

Lo que viene ahora será mucho más profundo. La inteligencia artificial va a cambiar la forma de aprender, de enseñar, de investigar, de trabajar y de ejercer la ingeniería. El núcleo mismo de lo que somos.

No sabemos todavía cómo será ese cambio, ni qué forma concreta va a adoptar. Pero ya ha empezado. Basta pensar en la mejora que han sufrido las herramientas basadas en IA solamente en el último año, para darnos cuenta de la magnitud de lo que se avecina. Y como en todos los procesos transformadores, va a haber ganadores y perdedores.

Mi principal obsesión es que la Escuela llegue lo mejor preparada posible a ese momento. Y aunque algunos no se den cuenta, en el fondo, llevamos cuatro años trabajando en ello.

Me preocupa especialmente porque la Escuela sufrió mucho con Bolonia. Desde el principio lo percibimos como un ataque a nuestra esencia y adoptamos una posición defensiva. Si aquel proceso tuvo ganadores y perdedores, nosotros desde luego estuvimos demasiado cerca de los perdedores. Y hemos tardado más de quince años en recuperarnos.

Quienes hemos vivido por dentro estos años, sabemos que no podemos permitirnos otro golpe así. Por eso, no podemos afrontar esta nueva transformación desde la debilidad, ni desde la nostalgia, ni desde una actitud defensiva.

Es una tendencia de las grandes instituciones pensar que su fortaleza consiste en proteger sus fronteras. Yo creo exactamente lo contrario. En un momento así, nuestro futuro dependerá cada vez más de nuestra capacidad para escuchar, colaborar e hibridarnos. Especialmente, con quienes están experimentando ya con las tecnologías, los modelos y las formas de trabajo que mañana llegarán a nuestras aulas.

Porque hay algo que debemos entender cuanto antes: esta transformación NO la va a liderar la universidad. Y nadie nos va a esperar. De hecho, se va a cuestionar la razón misma de la universidad. Se nos va a obligar a explicar de nuevo por qué somos necesarios. Y la peor respuesta posible sería refugiarnos en la nostalgia o en la defensa de unas fronteras que ya no existen. Precisamente por eso, debemos redefinir nuestro papel antes de que otros lo hagan por nosotros.

¿Cuáles son los pilares sobre los que construir nuestra respuesta?

Yo diría que esencialmente dos: la confianza en lo que sabemos hacer y las lecciones que nos dejó la crisis.

El primer pilar, para mí, es una fortaleza que nunca deberíamos olvidar: SABEMOS FORMAR INGENIEROS.

A veces las universidades tendemos a obsesionarnos con nuestras carencias y, algo peor aún, a cuestionar nuestras fortalezas. Nos preocupa más lo que diga un ranking elaborado a miles de kilómetros que lo que vemos cada día en la trayectoria de nuestros egresados.

Y la principal fortaleza de esta Escuela —y también de esta Universidad— sigue siendo la misma que hace décadas: la extraordinaria calidad de las personas que forma.

En esta Escuela, algunos pensaron que con Bolonia dejaríamos de formar buenos ingenieros. Se equivocaban. Si algo nos ha sostenido durante estos años tan duros ha sido precisamente haber preservado aquello que mejor sabemos hacer.

Seguimos formando profesionales capaces de enfrentar problemas complejos, asumir responsabilidades reales y liderar proyectos que transforman la sociedad en todo el mundo. Ese tipo de ingeniero no ha pasado de moda. Al contrario. Es más necesario que nunca.

Todo lo que hagamos en los próximos años debe partir de esa fortaleza y no de complejos innecesarios. Porque cuando una institución empieza a dudar de aquello que la hizo valiosa, suele comenzar a perder precisamente aquello que la distinguía. Las mejores instituciones son las que entienden bien cuál es su identidad y construyen sobre ella.

El segundo pilar sobre el que apoyarnos es algo más incómodo. Las lecciones que nos dejó la crisis, como institución y como profesión, están ahí. Pero eso no necesariamente quiere decir que las hayamos mirado de frente, ni que hayamos sabido convertir aquella experiencia en aprendizaje.

Mi generación creció en una Escuela acostumbrada a ocupar una posición central. Una Escuela prestigiosa, influyente y, en muchos aspectos, convencida de que el mundo acabaría adaptándose a ella. Una Escuela que no necesitaba moverse ni escuchar.

No sé hasta qué punto aquello era cierto entonces, sospecho que ya era una ensoñación. De lo que estoy seguro es que hoy ya no es real.

La crisis económica y el proceso de Bolonia alteraron profundamente ese mundo. Y nos dejaron una enseñanza: ninguna institución y ninguna profesión tienen garantizada su relevancia para siempre.

Aprendimos que el futuro no llama a la puerta ni espera a nadie. Nos enseñaron, en definitiva, algo muy valioso: humildad.

La humildad para entender que liderar no consiste en esperar que el mundo se adapte a nosotros, sino en ser capaces de adaptarnos nosotros sin dejar de ser quienes somos.

Me atrevería a decir que nuestro mayor valor actual, como institución y como profesión, está en haber atravesado una experiencia difícil, incluso traumática, que muy pocas profesiones han vivido con tanta intensidad. Y habernos vuelto a levantar.

Mi intuición es que eso que fue nuestra crisis puede ser ahora nuestra fuerza. Pero solo si somos capaces de mirarlo de frente, con honestidad y convertir esa experiencia en una forma más humilde, más abierta y más decidida de afrontar el futuro y asumir la iniciativa.

¿Qué camino estamos recorriendo?

Mi primera preocupación hace cuatro años es que no podíamos afrontar un reto de estas dimensiones desde una posición de debilidad. Por eso nos marcamos dos objetivos muy concretos y urgentes: recuperar nuestros números y recuperar nuestra conexión con el entorno profesional, empresarial e institucional que rodea a la Escuela, que volvieran a pensar en nosotros.

Hacer bien nuestro trabajo sigue siendo imprescindible. Pero ya no es suficiente. Las instituciones relevantes hoy no sólo generan valor. También saben explicarlo, compartirlo y construir relaciones alrededor de él.

Por eso una parte importante de nuestro esfuerzo durante estos años ha consistido en modernizar la forma en que la Escuela se relaciona con su entorno. Y creo sinceramente que hemos avanzado mucho en ese camino. Hoy la Escuela es una institución más abierta, más visible, más conectada y más presente.

También hemos mejorado nuestros números. Hace apenas seis años atravesábamos una profunda crisis de vocaciones. La nota de acceso era un 5, y nos acercábamos peligrosamente a bajar de los 2.000 estudiantes. Hoy la nota mínima de acceso a nuestros títulos es un 10, estamos cerca de superar los 3.000 alumnos y volvemos a mirar el futuro con un optimismo prudente, pero real.

No hemos resuelto todos nuestros problemas, ni estamos donde querríamos estar. Pero hemos recuperado algo fundamental: confianza, pulso y ambición. Necesarios, sin duda, para enfrentar lo que viene.

¿Y ahora qué? ¿Por dónde seguimos? Los siguientes pasos no son fáciles.

Durante mucho tiempo las universidades se definieron por el conocimiento que acumulaban y transmitían. Pero el conocimiento ya no es un bien escaso ni está confinado en nuestros muros. Circula por todas partes. Y las universidades hace tiempo que perdimos su monopolio.

Eso nos lleva a una pregunta incómoda, que llevamos demasiado tiempo evitando o respondiendo con categorías del siglo pasado. ¿Para qué sirve una universidad cuando ya no controla el acceso al conocimiento?

Mientras retrasamos esa respuesta y nos preocupamos exclusivamente por la bajada de la natalidad, cada vez más personas se preguntan para qué sirve realmente un título universitario. En los últimos diez años, en EEUU, donde están algunas de las mejores universidades, la confianza en el valor de un título universitario ha caído casi un 20%, desde niveles del 57% al 36%. Esas cifras reflejan una tendencia en todo el mundo.

El valor de la universidad va a tener que redefinirse de nuevo, y, en mi opinión, se va a medir, cada vez más, en función de las oportunidades que crea. Oportunidades para sus estudiantes. Para sus investigadores. Para su personal. Para sus egresados. Y para las organizaciones con las que colabora.

Si exigimos excelencia, y está bien que siga siendo así, debemos generar oportunidades a la altura de ese esfuerzo. Si no, dejaremos de ser competitivos. Y hoy, el ecosistema universitario es tremendamente exigente, e inmisericorde.

Leo bastante sobre el futuro de las universidades y una de las personas que sigo con más interés es Michael Crow, presidente de Arizona State University, probablemente uno de los rectores que más ha contribuido a repensar el papel de la universidad en el siglo XXI.

Y hay una idea suya que comparto plenamente: la mejor preparación para la revolución de la inteligencia artificial no es enseñar más inteligencia artificial. Es construir una institución capaz de acompañar trayectorias y generar oportunidades.

Que la Escuela deje de ser vista únicamente como un lugar donde se obtiene un título para convertirse en una institución que acompaña trayectorias, abre puertas y multiplica las oportunidades de desarrollo profesional es clave para los próximos años.

En el fondo, si tuviera que condensar mi visión en cuatro ideas muy simples, serían éstas: proteger aquello que mejor sabemos hacer, que es formar ingenieros; entender que nos jugamos nuestro futuro en nuestra capacidad para relacionarnos mejor con la sociedad y con las empresas; transformar esa conexión en mejores oportunidades y mejores trayectorias para las personas que forman parte de esta comunidad; y construir, sobre esa base, una institución con mayor capacidad de adaptación y mejor preparada para el mundo que viene.

CONTINUIDAD INSTITUCIONAL Y FINAL

Me gustaría terminar con una reflexión de naturaleza muy distinta.

Hemos hablado de transformación, de adaptación y de los cambios que vienen. Pero hay algo que considero igual de importante: la calidad de las instituciones que somos capaces de transmitir a quienes vendrán después.

Instituciones como la nuestra no se sostienen sólo sobre proyectos o resultados. Porque no buscan ganar. Buscan perdurar. Y eso consiste fundamentalmente en tejer a su alrededor una comunidad de colaboración, lealtad y respeto que resista el paso del tiempo.

En este sentido, me gustaría agradecer sinceramente la presencia del presidente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Miguel Ángel, y de la Decana de la Demarcación de Madrid, Lola. Gracias, amigos, por el profundo respeto mutuo y la lealtad con las que hemos trabajado durante estos años.

Quiero agradecer también la presencia de mis compañeros Ángel, María José y Juan Carlos, directores de las universidades privadas madrileñas en las que se imparte la titulación de Ingeniero de Caminos. Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil definirnos por aquello que nos separa. Pero nuestra tarea es demasiado importante como para no entenderla desde la confrontación sino desde el respeto, la colaboración y el reconocimiento mutuo.

Nos acompañan hoy los dos directores que me precedieron al frente de esta Escuela, Paco y Juan. Y estoy seguro de que también lo harían Edelmiro y Vicente si su salud se lo permitiera.

Nos acompaña también buena parte del actual equipo rectoral y de los directores de escuela de la UPM. Pero también miembros de equipos rectorales anteriores y muchos de los antiguos directores con los que he compartido estos años.

Para mí tiene un enorme significado ver en esta sala a muchas de las personas que han dirigido la Universidad Politécnica de Madrid durante los últimos quince años y que seguirán haciéndolo durante al menos los próximos cinco.

Representa una universidad capaz de reconocerse a sí misma más allá de las personas, de las elecciones y de las circunstancias. No creo en las instituciones que se limitan a administrar su pasado. Pero tampoco en las que confunden la modernización con la amnesia.

Para mí la responsabilidad más importante de quienes dirigimos una universidad es impulsar los cambios que exige nuestro tiempo construyendo sobre lo construido, sin romper el hilo que nos une con quienes nos precedieron y con quienes vendrán después. Entender que este tipo de instituciones solo avanzan cuando son capaces de combinar memoria y transformación.

Quizá sea por eso, porque uno siente que solo es custodio temporal de algo que le trasciende, por lo que dirigir esta Escuela constituye un privilegio extraordinario.

Dirigir la Escuela de Caminos ha sido, está siendo, sin duda, el mayor privilegio de mi vida profesional, los años más bonitos de mi carrera.

Gracias por volver a confiar en mí para ello. Y muchas gracias a todos por acompañarme hoy.