Lo que más recuerdo de Los Ángeles no es Hollywood. Ni Beverly Hills. Son los cines. Aquellos enormes edificios de otra época repartidos por toda la ciudad. Algunos seguían abiertos. Otros se habían reconvertido en iglesias, supermercados o gimnasios. Y otros, simplemente, estaban en ruinas. Me fascinaron porque me parecían templos abandonados de una civilización. Como si se pudiera reconstruir el siglo XX a través de sus viejos palacios del cine
Con el tiempo descubrí que no era el único fascinado por ellos. Fotógrafos como Marchand y Meffre, Lambros, Sugimoto o Edelstein, han dedicado años a documentar esos edificios antes de que desaparezcan. Todos ellos han hecho fotografías fantásticas, porque son ruinas que, incluso en su abandono, conservan una enorme dignidad
En un artículo reciente de Le Monde, Edelstein recordaba algo que le dijo una señora en un pequeño pueblo estadounidense: “Espero que no destruyan nuestro cine, porque es el único monumento que tenemos”
El otro día, paseando con mi mujer por una zona universitaria, señaló un edificio y me preguntó si estaba abandonado. Aunque paso mucho por delante, nunca lo había mirado así, pero la pregunta tenía mucho sentido. Le respondí que, en realidad, es la mejor facultad de España de su ámbito. Y pensé que quizá ambas cosas fueran compatibles, pero no sé hasta cuándo
Los edificios, los espacios que habitamos, son la primera conversación que mantenemos con quien nos visita. No hacen una universidad, ni sustituyen al talento, pero sí condicionan la forma en que ese talento es percibido. Y ayudan, y mucho, a que la sociedad crea en la institución
Para mí, uno de los grandes retos de las universidades públicas en los próximos años será gestionar adecuadamente nuestro patrimonio construido. Sé de primera mano que mantener grandes campus históricos con la financiación pública actual es tarea casi imposible. Y no son sólo recursos. Hoy una gran obra en lo público exige recorrer un camino administrativo tan largo y tan incierto que, con demasiada frecuencia, la tentación es no emprenderla
Pero quienes dirigimos universidades tenemos la responsabilidad de defender ese patrimonio con uñas y dientes, y buscar nuevas vías para conservarlo. También es una responsabilidad colectiva, especialmente de todos los que las habitamos cada día. Nos jugamos mucho. Hoy competimos en un entorno cada vez más exigente, mientras nuestros edificios históricos empiezan a acusar el paso del tiempo. Por eso, nuestros campus han dejado de ser sólo patrimonio: hoy son también una cuestión estratégica
Una universidad es un lugar donde debe merecer la pena construir tu futuro. No necesita parecer nueva; más bien al contrario. Siempre he desconfiado de los decorados de cartón piedra. Las mejores universidades del mundo habitan edificios con siglos de historia. Pero una cosa es la antigüedad y otra muy distinta el abandono. La primera transmite identidad, respeto y continuidad. El segundo, resignación y renuncia
No renunciemos