Discurso de la copa de Navidad 2025

Tres pilares para sostener el futuro de nuestra Escuela: Financiación, Inteligencia y Comunidad

Hay momentos en el año en los que el ruido de la gestión diaria, la urgencia de los correos electrónicos y la inercia de las clases parecen detenerse. La copa de Navidad es uno de esos instantes privilegiados. No es simplemente un acto protocolario ni una tradición vacía; es una pausa necesaria que nos permite respirar, mirarnos a los ojos y recordar una verdad fundamental que a veces queda sepultada bajo la burocracia: que más allá de nuestros despachos, laboratorios y aulas, compartimos algo mucho más valioso e intangible. Compartimos una Escuela.

Estar hoy aquí no es solo celebrar el final de un ciclo, sino reconocer que formamos parte de un tejido humano que sostiene una institución con historia, pero sobre todo, con futuro. No quiero extenderme en formalismos ni dedicar este discurso a los logros de este año, pero sí me gustaría compartir tres reflexiones honestas, tres ideas sencillas que orbitan sobre lo que creo que tenemos delante como comunidad académica y humana. Son tres desafíos que requieren de nuestra atención plena si queremos seguir siendo lo que somos.

La financiación: entre la realidad pública y la ambición necesaria

Vivimos tiempos complejos para la gestión universitaria. Este año hemos manejado un presupuesto casi un 10% inferior al del ejercicio anterior. Es una cifra fría, un dato en una hoja de cálculo, pero tiene implicaciones reales en nuestra capacidad de maniobra.

A la vez, es cierto, y debo decirlo con claridad, que la UPM no atraviesa problemas económicos estructurales gracias a una gestión rigurosa, y desde aquí agradezco la labor de Guillermo Cisneros y confiamos plenamente en la dirección de nuestro nuevo rector. Sin embargo, debemos ser valientes para mirar la realidad de frente: la financiación pública es una condición necesaria, absolutamente irrenunciable, pero en el contexto global actual, ya no es suficiente.

La financiación pública es el suelo sobre el que caminamos, y debemos defenderla con firmeza porque garantiza la igualdad de oportunidades. Pero si queremos mirar al techo, si aspiramos a mantener la calidad docente, sostener una investigación competitiva a nivel mundial y proyectarnos internacionalmente, los recursos ordinarios se quedan cortos. Esto no es una queja estéril, es una constatación de la realidad.

Proteger nuestra autonomía buscando recursos

 Existe un prejuicio, a menudo infundado, de que buscar financiación externa implica vender el alma de la universidad. Nada más lejos de la realidad. Buscar financiación adicional —alianzas con empresas, cátedras con sentido, proyectos con organismos internacionales— no significa renunciar a nuestros valores ni mercantilizar la enseñanza. Significa, precisamente, lo contrario: proteger nuestra autonomía.

Solo con recursos suficientes podemos garantizar nuestra capacidad de innovar, de atraer talento joven que renueve nuestros pasillos, y de investigar con la libertad que la ciencia requiere. Esto exige un cambio cultural en nuestra Escuela. Debemos entender que captar recursos —a través de mecenazgo responsable y colaboración público-privada— es una tarea colectiva al servicio de un proyecto académico. No buscamos dinero como un fin en sí mismo, sino como el combustible necesario para que esta Escuela siga sirviendo a la sociedad con la excelencia que esta merece. La UPM y nuestra Escuela tienen el prestigio y la capacidad para hacerlo; solo nos falta dar ese paso con naturalidad y transparencia.

 La Inteligencia Artificial: un nuevo ecosistema cognitivo

El segundo gran desafío que afrontamos no es económico, sino intelectual y pedagógico. La irrupción de la Inteligencia Artificial en nuestros planes de estudio y en la docencia no puede abordarse como quien añade una herramienta más a la caja de instrumentos del ingeniero.

La IA no es una calculadora sofisticada. Estamos ante un cambio de base, no de asignaturas. La IA es un ecosistema cognitivo, es otro tipo de inteligencia con la que nuestros estudiantes dialogarán el resto de sus vidas profesionales.

 Más allá de la herramienta técnica

Este cambio tecnológico transforma profundamente qué significa «saber» y qué competencias son realmente nucleares en la ingeniería. Cambia la forma en la que se resuelven los problemas complejos y redefine el concepto de trabajo en equipo. Ahora, el equipo incluye a la máquina como un interlocutor permanente.

Nuestra responsabilidad como Escuela no es reaccionar tarde, arrastrados por la marea tecnológica, ni incorporar la IA de forma superficial para cumplir con un expediente de modernidad. Nuestra obligación es liderar este cambio con criterio académico y, sobre todo, ético.

Debemos preguntarnos: ¿Qué tipo de ingenieros queremos formar para un mundo donde las respuestas técnicas están cada vez más automatizadas? La respuesta pasa por reforzar el pensamiento crítico, la responsabilidad social y el servicio público. Proyectos como los Digital Twins o el programa de centros de datos con ACS son la prueba de que ya estamos en camino. Pero esto exigirá formación del profesorado, tiempo para la reflexión serena y revisión profunda de nuestros métodos. La pregunta no es si la IA cambiará la ingeniería —eso es un hecho—; la pregunta es desde qué valores humanos queremos gobernar ese cambio.

 La Escuela como proyecto compartido

Finalmente, la tercera idea es quizás la más importante, porque es la que da sentido a las dos anteriores. No heredamos esta Escuela como quien hereda un edificio de ladrillo y hormigón; la custodiamos temporalmente. Somos depositarios de un legado que debemos cuidar y entregar mejorado a quienes vendrán después.

En tiempos de cambio acelerado y de incertidumbre, es fácil perderse en la estrategia y olvidar lo esencial: la vida en común. Ninguna estrategia de financiación, ningún plan de digitalización y ninguna reforma académica funcionará si descuidamos el clima humano.

 Cuidar lo que nos une

Proteger la Escuela significa proteger ese espacio delicado donde se puede debatir con libertad, donde se discrepa con absoluto respeto y donde se construye el futuro con generosidad. Aquí caben muchas cosas: el imprescindible relevo generacional, el cuidado meticuloso del talento joven que llega con nuevas energías, y la construcción de una verdadera cultura de pertenencia.

Podemos conseguir los mejores recursos y tener la tecnología más puntera, pero si no cuidamos la convivencia, si no hacemos de este lugar un sitio donde merezca la pena venir a trabajar, enseñar y aprender cada mañana, habremos fracasado. La Escuela de Caminos es lo que somos capaces de construir juntos cuando logramos pensar más allá de nuestras agendas individuales.

 Una mirada al 2026

La Navidad tiene esa extraña virtud de recordarnos que las instituciones, por muy imponentes que sean sus estructuras, están hechas, ante todo, de personas. De vocaciones compartidas. De confianza mutua.

El próximo año nos va a exigir tres virtudes fundamentales: imaginación para buscar los recursos que nos faltan, valentía para afrontar el desafío de la inteligencia artificial sin perder nuestra esencia, y generosidad para seguir construyendo comunidad.

Si somos capaces de mantener esas tres cosas alineadas, el futuro no será una amenaza que debemos esquivar, sino la oportunidad que estábamos esperando.

Quiero agradeceros, de verdad, vuestro trabajo silencioso, vuestro compromiso diario y vuestra compañía en este viaje.

¡Felices vacaciones y que 2026 os sea propicio a todas y todos!