Recientemente, un artículo de The Economist desgranaba un minucioso estudio sobre el lenguaje de la diplomacia china, analizando más de 16.000 intervenciones de su Ministerio de Exteriores. Lo que las cifras revelaban era inquietante: más allá de la omnipresente referencia a los «americanos», las tres palabras más repetidas eran «soberanía», «seguridad» y «principios». Es cierto que son términos habituales en la retórica diplomática, las monedas de cambio de las relaciones internacionales. Pero lo que verdaderamente llamaba la atención no era lo que estaba, sino lo que faltaba.
En esa inmensa base de datos brillaban por su ausencia palabras que, ingenuamente quizás, uno esperaría encontrar en el discurso global: cooperación, desarrollo, diálogo, multilateralismo, paz… El silencio de estos términos es ensordecedor. El patrón, sin duda, revela prioridades, dibuja un mapa mental de hacia dónde se dirigen los esfuerzos de una potencia. Y, si nos detenemos a reflexionar un instante, nos daremos cuenta de que este cambio de vocabulario no es patrimonio exclusivo de China. Algo profundo está cambiando en la forma en que nombramos nuestras aspiraciones, y eso, inevitablemente, acabará transformando la manera en que construimos el mundo.
Un cambio de paradigma en el corazón de Europa
Conversando estos días con el director de la École des Ponts, me confesaba algo que confirma esta intuición: la palabra «soberanía» se ha convertido en la clave de bóveda de las discusiones dentro del consorcio que forman junto a la École Polytechnique. No hablábamos de política abstracta, sino de la formación de los ingenieros que levantarán el mañana.
Esta tendencia no es un caso aislado. Casi al mismo tiempo, el Sunday Times informaba sobre una nueva iniciativa del gobierno británico para forjar una alianza de universidades —entre ellas viejas conocidas de nuestra profesión como Cranfield o Strathclyde— con un objetivo claro: acelerar la investigación en seguridad y defensa.
Esta estrategia resulta familiar para los expertos en geopolítica asiática. Recuerda poderosamente al modelo de los «Siete Hijos de la Defensa», un grupo de universidades chinas estrechamente vinculadas al aparato industrial y militar estatal. Que naciones europeas comiencen a replicar, consciente o inconscientemente, modelos orientados a la seguridad nacional indica que la preocupación por la soberanía tecnológica e industrial se ha instalado en el corazón de Occidente.
Y si bajamos la mirada a nuestro entorno más cercano, la melodía es la misma. La semana pasada tuve la oportunidad de participar en una jornada en AECOM España sobre defensa e infraestructuras críticas. De nuevo, las conversaciones orbitaban con insistencia en torno a esas mismas ideas fuerza: seguridad, autonomía estratégica, soberanía energética… Pareciera que el lenguaje de la ingeniería, tradicionalmente técnico y preciso, se estuviera tiñendo de una urgencia geopolítica ineludible.
La búsqueda de un significado compartido
Evidentemente, algo se está gestando en la atmósfera global y nos afecta a todos, desde el proyectista en su despacho hasta el gestor de la obra pública. Sin embargo, términos como seguridad, soberanía o principios no son contenedores neutros; se llenan de significado según quién los pronuncie. Significan cosas muy distintas en Shanghái y en Bruselas. Lo paradójico —y quizás lo preocupante— es que alguien como yo puede intuir con cierta claridad lo que significan en China, pero me cuesta mucho más encontrar un significado compartido, sólido y unívoco en Europa.
Durante la última década, la «sostenibilidad» fue nuestro gran faro. Era el concepto guía, respaldado por un corpus intelectual sólido y por una narrativa ampliamente compartida que lograba unir el desarrollo económico, la justicia social y la protección del planeta. Todos sabíamos, más o menos, hacia dónde remábamos. Hoy, parece que la prioridad está virando hacia la protección de lo esencial: la población, los recursos, las infraestructuras y los valores. Las urgencias del presente dificultan la construcción de un marco compartido equivalente al de la sostenibilidad, pero no deberíamos renunciar a ello.
La ingeniería ante el reto de la definición
En el terreno que mejor conozco, el ámbito de las infraestructuras, estoy convencido de que Europa está preparada. Contamos con el conocimiento acumulado de generaciones, con grandes empresas que lideran el mercado global, con tecnología punta y con la capacidad técnica para adaptar nuestras infraestructuras a estos nuevos retos. Pero en este momento histórico, las palabras importan tanto como la ingeniería.
Necesitamos ayudar a nuestros responsables políticos a definir con precisión quirúrgica qué entendemos nosotros, los ingenieros, por seguridad, soberanía y principios. Porque de esas definiciones dependerá la dirección de las inversiones millonarias, la redacción de las normas que nos regirán y el espíritu de la cooperación internacional.
En un momento tan crítico como el actual, acertar en el lenguaje no es una cuestión estética. Construir un mensaje sólido e inspirador, capaz de movilizar recursos y voluntades, puede ser tan estratégico como la más innovadora de las tecnologías. Es hora de que nuestra voz técnica ayude a dotar de contenido real a esas grandes palabras, para que no sean muros que nos aíslen, sino cimientos sobre los que construir un futuro más seguro para todos.