Si tuviera que ponerle rostro a la innovación educativa
A menudo, la gestión universitaria se percibe desde fuera como una maraña de burocracia y normativas, un laberinto gris donde los proyectos se diluyen. Sin embargo, quienes hemos navegado estas aguas sabemos que, en realidad, es un territorio construido por personas, por voluntades y por visiones compartidas. Mi memoria viaja hoy hasta 2006, un momento crucial en mi trayectoria.
Por aquel entonces, asumí mi primer gran cometido en la gestión: ayudar a poner en marcha el Grado en Ingeniería de Materiales. No era una tarea menor. Aprovechando la implantación del Plan Bolonia, nos lanzamos a crear una titulación que desafiaba los moldes establecidos. Era una «rara avis», una propuesta pionera en nuestro país que nacía de la colaboración inédita entre siete escuelas distintas de la UPM y que, con una audacia poco común para la época, ofrecía un curso completo impartido íntegramente en inglés.
Ante la magnitud del desafío, encontré un faro que iluminó todo el proceso: el Servicio de Innovación Educativa de la UPM. Fue allí donde decidí apoyarme para sacar adelante aquel proyecto, descubriendo uno de los servicios más sólidos y creativos de España. Hoy, al mirar atrás, siento la necesidad de detenerme y reflexionar sobre el impacto de ese equipo y, muy especialmente, de la persona que lo ha liderado durante años.
Los cimientos de un título pionero
La UPM contaba entonces —y afortunadamente sigue contando hoy— con una estructura de innovación educativa envidiable. Fueron pioneros en establecer los Grupos de Innovación Educativa (los GIE-UPM) y en impulsar proyectos transversales que han marcado tendencia durante casi tres décadas. Para un gestor novato con un proyecto complejo entre manos, aquel entorno no fue solo un recurso administrativo, sino una escuela de pensamiento.
Alrededor de ese Servicio orbitaba un grupo excepcional de profesorado proveniente de diferentes escuelas. Nombres como Javier Coterón, Luisa Mtz Muneta o María Jesús Villamide Díaz, entre otros, no eran simples colaboradores; para mí representaban una inspiración constante. Con el paso de los años y de los proyectos compartidos, esa admiración profesional ha madurado hasta convertirse en una sólida amistad. Ellos demostraron que la universidad es un organismo vivo que evoluciona gracias al empuje de quienes se atreven a enseñar de manera diferente.
El rostro humano de la transformación
Sin embargo, si hay una imagen que, para mí y para muchos, encarna la innovación educativa en la UPM, esa es Raquel Portaencasa. Su nombre está irremediablemente ligado al éxito de nuestras iniciativas. Gracias a su ayuda inestimable, a su paciencia infinita y a un liderazgo tranquilo pero firme, pudimos materializar aquel Grado en Ingeniería de Materiales.
Estoy convencido de que no soy el único que siente esta deuda de gratitud. Muchos otros grupos, títulos y profesores de nuestra universidad han podido crecer, experimentar y florecer gracias a su extraordinario trabajo. Raquel ha sido esa facilitadora incansable que, desde la discreción, ha permitido que otros brillen.
En los últimos años, mis responsabilidades han cambiado y mi trato con el Servicio y con Raquel ha sido menos frecuente. A pesar de la distancia en el día a día, me consta que su labor ha seguido siendo ejemplar. Me produce una ilusión genuina comprobar que el GIE del Grado en Ingeniería de Materiales sigue vivo y pujante, sostenido ahora por un equipo magnífico que ha sabido tomar el relevo: Jose Ygnacio Pastor, Gustavo R. Plaza, Fran Rojo, Álvaro Ridruejo y Beatriz Sanz mantienen encendida la llama que encendimos hace años.
La sensación agridulce de la permanencia
Ahora, la UPM afronta el desafío de redefinir su innovación docente para los nuevos retos que plantea la educación superior. Es, sin duda, el momento oportuno para el cambio. Y, de manera paralela, ha llegado también el momento de que Raquel disfrute de su familia y de una nueva etapa vital plenamente merecida.
Reconozco que me invade una sensación extraña, una mezcla de nostalgia y vértigo, al ver cómo muchos de quienes te han acompañado en el camino se marchan mientras tú continúas. Me está sucediendo también con un buen número de directores de escuela amigos que cierran sus etapas. Es la ley natural de las instituciones, pero no por ello deja de impactar en lo personal.
Hoy, al colgar el teléfono tras hablar con Raquel, me quedé un rato en silencio, inmóvil, sin saber muy bien cómo encajar ese momento. Es esa impresión de pertenecer ya a otro momento, de ver cómo el decorado cambia y los actores se renuevan.
Un legado que perdura
Supongo que este silencio y esta nostalgia son también una oportunidad. Una oportunidad para mirar atrás y disfrutar recordando lo vivido juntos, valorando el camino recorrido. No cabe la tristeza, sino el reconocimiento profundo.
Ahí, en ese espacio de memoria y gratitud, solo cabe decir: Gracias, Raquel. Gracias por tu visión, por tu rigor, por tu compromiso inquebrantable y por haber sido ese motor silencioso de tantas transformaciones en la UPM. Ha sido un auténtico privilegio trabajar contigo.
Gracias.